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viernes, 31 de mayo de 2013

Mayo. Mes del Libro. Día 31




31 de Mayo. Termina el "Mes del libro".

 Quería colocar un pequeño broche a esta actividad de Mayo, aunque sigamos siempre con este tema que tanto me gusta: el libro y la lectura. 
Rosa Montero en su obra La Loca de la Casa cita un cuento de Marguerite Yourcenar, basado en una leyenda china.
Un joven emperador había vivido aislado en la ciudad imperial y conocía el mundo a través de las pinturas extraordinarias del maestro Wang-Fo. Un día en que pudo contemplar la realidad con sus ojos se sintió desilusionado y engañado. El mundo no era tan bello! El pintor debería ser castigado! Cuando en su caminar, el maestro y su discípulo Ling llegaron a las puertas de la ciudad fueron detenidos. El emperador mandó sacar los ojos y cortar las manos de Wang-Fo. El discípulo fue degollado y antes de cumplir con su castigo a Wang-Fo se le ordenó terminar una pintura inacabada.
Leemos a la Montero: "El anciano maestro tomó los pinceles y empezó a retocar el lago que aparecía en primer término. Y muy pronto comenzó a humedecerse el pavimento de jade del salón. Ahora el maestro dibujaba una barca, y a lo lejos se escuchó un batir de remos. En la barca venía Ling, perfectamente vivo y con su cabeza bien pegada al cuello. La estancia del trono se había llenado de agua: "Las trenzas de los cortesanos sumergidos ondulaban en la superficie como serpientes, y la cabeza pálida del emperador flotaba como un loto". Ling llegó al borde de la pintura; dejó los remos, saludó al maestro y le ayudó a subir a la embarcación. Y ambos se alejaron, desapareciendo para siempre "en aquel mar de jade azul que Wang-Fo acababa de inventar"." (1)

Rosa Montero La loca de la casa. Buenos Aires, Suma de letras, 2005. Pág 191

jueves, 30 de mayo de 2013

Flor en origami explicado por Erika Piña

Encontré esta flor en origami. Queda preciosa y es fácil. El video está muy bien explicado

http://youtu.be/YXXR3IB_2zE

Mayo. Mes del Libro. Día 30



Hola Quica!!! ¿Has pasado por aquí?

Qué tal unos trabalenguas o destrabalenguas así nos destrabalenguamos?

Recia la rajada rueda,
Rueda rugiendo
Rudamente rauda.
Rauda rueda rugiendo
Rudamente la rajada rueda.
¡rueda rauda, recia rueda,
rauda reciamente rueda!
¡rueda recia, rauda rueda,
rugiente rajada rueda!

Paco, peco chico rico,
Le gritaba como un loco
A su tío Federico
Y este dijo:
¡Poco a poco, Paco peco poco pico!.

Rabicejo al ratoncejo
Quiero queso y no lo dejo
Aunque frunza el entrecejo
Y aunque arriesgue su pellejo
No habrá queso Rabicejo

Tola, Tula, Tila
La tele miraban
La tela cortaban
Tomando su tilo
Vino el tirifilo
Y cambió la tele
Se armó el Tole-Tole
Porque Tola ,Tula
Y Tila le dieron
Duro al Tirifilo.
Se apagó la tele,
Derramose el tilo
Se rasgó la tela,
Fugó el Tirifilo
Y tras él salieron
Tola , Tula y Tila 

Pepe pecas pica papas
con un pico pica papas
pepe pecas con un pico
pica papas pepe pecas.

Rosas bonitas y fáciles de hacer

¿Vamos a aprender a hacer rosas? Encontré el tutorial aquí, en la Vila do Artesao.



miércoles, 29 de mayo de 2013

martes, 28 de mayo de 2013

Bichitos






Otros bichitos. Hechos a pedido para usar como broches en el chupete de los bebés. Basados en los que aparecen en el libro de Marie Claire: Petites bêtes à coudre.

Mayo. Mes del Libro. Día 28




Imagen tomada del facebook de Rincón del Libro, de su álbum Ratoncitos. Autor: Victoria Kirdiy.

Poesía para los más chiquitos

Los veinte ratones
Arriba y abajo
por los callejones
pasa una ratita
con veinte ratones;
unos  sin colita
y otros muy colones;
unos  sin orejas
y otros orejones;
unos  sin patitas
y otros muy patones;
unos  sin ojitos
y otros muy ojones;
unos  sin narices
y otros narigones;
unos  sin hocico
y otros hocicones.

Mayo. Mes del Libro. Día 28

NANAS

A dormir va la rosa

A dormir va la rosa
de los rosales.
A dormir va mi niña
porque ya es tarde.
Mi niña se va a dormir
con los ojitos cerrados
como duermen los jilgueros
encima de los tejados.

Anónimo español

Canción de cuna

A la ru-rru pata
que parió la gata
cinco borriquitos
y una garrapata.
Dormite niñito,
que viene la vaca
con los cachos de oro
y las uñas de plata.

Anónimo chileno

Las canciones de Natacha

Se enojó la luna,
se enojó el lucero
porque esta niñita
riñó con el sueño.
Duérmete, Natacha,
para que la luna
se ponga contenta
y te dé aceitunas.
Duérmete, Natacha,
para que el lucero
te borde una almohada
de albahaca y romero.


Juana de Ibarbourou (uruguaya)

Mayo. Mes del Libro. Día 28



EL HAIKU

“En la Naturaleza hay algo que nos espera desde siempre. En el fondo de las cosas hay algo que busca nuestro encuentro. Y el haiku nos invita a ese encuentro. (…)El haiku es una forma poética japonesa muy breve (17 sílabas) que reproduce la emoción que hemos sentido ante algo de la Naturaleza.” Vicente Haya


Para leer el artículo completo http://crecejoven.com/espiritualidad--el-haiku

lunes, 27 de mayo de 2013

Muñecas!!!

Si les gusta hace muñecas no dejen de entrar aquí

Mayo. Mes del Libro. Día 27




¿Aquí estaría encerrada Rapunzel?
Imagen tomada de aquí.

Mayo. Mes del Libro . Día 27




¿Será el castillo de La Bella Durmiente o el de Blancanieves? No importa! Lo que interesa es que se hace fácil y con materiales en desuso. Reciclamos y nos divertimos.
Imagen tomada de aquí

Mayo. Mes del libro. Día 27




A veces llueve, el día se pone gris y no sabemos qué hacer. A veces vamos poquitos a la escuela... ¿Conocen el cuento del soldadito de plomo y su amada, la bailarina? Vean qué fácil es hacerla!
Imagen tomada de aquí

Mayo. Mes del Libro. Día 27




Si les gustan los cuentos que asustan pueden crear cajas para guardar los libros o caramelos o para guardar los miedos...
También se pueden hacer cajas con motivos de otros cuentos clásicos: Caperucita, La bella durmiente, El sastrecillo valiente...
Imagen tomada de aquí 

domingo, 26 de mayo de 2013

Mayo. Mes del libro. Día 26




Mayo. Mes del Libro. Día 26

Para leer a Elsa Bornemann, les dejo este cuento que se llama Mil grullas.

Naomi Watanabe y Toshiro Ueda creían que el mundo era nuevo. Como todos los chicos. Por que ellos eran nuevos en el mundo. También, como todos los chicos. Pero el mundo era ya muy viejo entonces, en el año 1945, y otra vez estaba en guerra. Naomi y Toshiro no entendían muy bien que era lo que esta pasando.
Desde que ambos recordaban, sus pequeñas vidas en la cuidad japonesa de Hiroshima se habían desarrollado del mismo modo: en un clima de sobresaltos, entre adultos callados y tristes, compartiendo con ellos los escasos granos de arroz que flotaban en la sopa diaria y el miedo que apretaba las reuniones familiares de cada anochecer en torno a las noticias de la radio, que hablaban de luchas y muerte por todas partes.
Sin embargo, creían que el mundo era nuevo y esperaban ansiosos cada día para descubrirlo.
¡Ah…y también se estaban descubriendo uno al otro!
Se contemplaban de reojo durante la caminata hacia la escuela, cuando suponían que sus miradas levantaban murallas y nadie más que ellos podrían transitar ese imaginario senderito de ojos a ojos.
Apenas si habían intercambiado algunas frases. El afecto de los dos no buscaba las palabras. Estaban tan acostumbrados al silencio…
Pero Naomi, sabía que quería a ese muchacho delgado, que más de una vez se quedaba sin almorzar para darle a ella la ración de batatas de había traído de su casa.
-No tengo hambre-le mentía Toshiro, cuando veía a la niña apenas si tenía dos o tres galletitas para pasar el mediodía.-Te dejo mi vianda-y se iba a corretear con sus compañeros hasta la hora de regreso a las aulas, para que Naomi no tuviera vergüenza de devorar la ración.
Naomi… Poblaba el corazón de Toshiro. Se le anudaba en los sueños con sus largas trenzas negras. Le hacía tener ganas de crecer de golpe para poder casarse con ella. Pero ese futuro quedaba tan lejos aún…
El futuro inmediato de aquella primavera de 1945 fue el verano, que llego puntualmente el 21 de junio y anunció las vacaciones escolares.
Y con la misma intensidad con que otras veces habían esperado sus soleadas mañanas,
ese año los ensombreció a los dos: ni Naomi ni Toshiro deseaban que empezara. Su comienzo significaba que dejar de verse durante un mes y medio inacabable.
A pesar de que sus casas no quedaban demasiado lejos un de la otra, sus familias no se conocían. Ni siquiera tenían entonces la posibilidad de encontrarse en alguna visita. Había que esperar pacientemente la reanudación de las clases.
Acabó junio y Toshiro arrancó contento la hoja del almanaque…
Se fue julio y Naomi arrancó contenta la hoja del almanaque
Y aunque no lo supieran ¡Por fin llegó agosto!-pensaron los dos al mismo tiempo.
Fue justamente el primero de ese mes cuando Toshiro viajó, junto con sus padres, hacia la aldea de Miyashima. Iban a pasar una semana. Allí vivían los abuelos, dos ceramistas que veían apilarse vasijasen todos los rincones del local.
Ya no vendían nada. No obstante, sus manos viejas seguían modelando la arcilla con la misma dedicación de otras épocas. –Para cuando termine la guerra… -decía el abuelo.- Todo acaba algún día... – comentaba la abuela por lo bajo. Y Toshiro se sentía que la paz debería ser algo muy hermoso, porque los ojos de sus madres parecían aclararse fugazmente cada vez que se referían al fin de la guerra, tal
como a el se le aclaraban los suyo cuando recordaba a Naomi.
¿Y Naomi?
El primero de agosto se despertó inquieta; acababa de soñar que caminaba, sobre la nieve. Sola. Descalza. Ni casas ni árboles a su alrededor.
 Un desierto helado y ella atravesándolo.
Abandonó el tatami, se deslizó de puntillas entre sus dormidos hermanos y abrió la ventana de la habitación. ¡Qué alivio!
Una cálida madrugada le rozó las mejillas. Ella le devolvió un suspiro.
El dos y tres de agosto escribió, trabajosamente, sus primeros haikus.
Lento se apaga el verano. Enciendo lámparas y sonrisas.
Pronto florecerán los crisantemos.
Espera,
Corazón.
Después, achicó en rollitos ambos papeles y los guardó dentro de una cajita de laca en la que escondía sus pequeños tesoros de curiosidad de sus hermanos.
El cuatro y cinco de agosto se los pasó ayudando a su madre y a las tías. ¡Era tanta la ropa para remendar!
Sin embargo, esa tarea no le disgustaba.
Naomi siempre sabía hallar el modo de convertir en un juego entretenido lo que acaso resultaba aburridísimo para otras chicas. Cuando cosía, por ejemplo, imaginaba que cada doscientas veintidós puntadas podía sujetar el deseo para que se cumpliese.
La aguja iba y venía, laboriosa. Así, quedó en el pantalón de su hermano menor el ruego de que finalizara enseguida esa espantosa guerra, y en los puños de la camisa de papá, el pedido de que Toshiro no la olvidara nunca…
Y los dos deseos se cumplieron.
Pero el mundo tenía sus propios planes…
Ocho de la mañana seis de agosto en el cielo de Hiroshima.
Naomi se ajusta su obi de su kimono y recuerda a su amigo: -¿Qué estará haciendo ahora?
“Ahora”, Toshiro pesca en la isla mientras se pregunta: -¿Qué estará haciendo Naomi?
En el mismo momento, un avión enemigo sobrevuela el cielo de Hiroshima.
En el avión, hombres blancos que pulsan botones y la bomba atómica surca por primera vez en el cielo.
El cielo de Hiroshima.
Un repentino resplandor ilumina extrañamente la ciudad.
En ella, una mamá amanta a su hijo por última vez.
Dos viejos trenzan bambúes por última vez.
Una docena de chicos canturrea: “Donguri Koro Koro- Donguri Ko…” por última vez.
Cientos de mujeres repiten sus gestos habituales por última vez.
Miles de hombres piensan en mañana por última vez.
Naomi sale para hacer unos mandados.
Silenciosa explota la bomba. Hierven, de repente, las aguas del río.
Y medio millón de japoneses, medio millón de seres humanos, se desintegraron esta mañana. Y con ellos desaparecen edificios, árboles, calles, animales, puentes y el paso de Hiroshima.
Ya ninguno de los sobrevivientes podrá volver a reflejarse en el mismo espejo, ni abrir nuevamente la puerta de su casa, ni retomar ningún camino requerido.
Nadie será ya quien era.
Hiroshima arrasada por un hongo atómico.
Hiroshima es el sol, ese seis de agosto de 1945. Un sol estallando.
Recién en diciembre logró Toshiro averiguar donde estaba Naomi ¡Y que aún estaba viva, Dios!
Ella y su familia, internados en el hospital ubicado en la localidad próxima de Hiroshima. Como tantos otros cientos de miles que también había sobrevivido al horror, aunque el horror estuviera ahora instalado dentro de ellos, en sus misma sangre.
Y hacia ese hospital marchó Toshiro una mañana.
El invierno insinuaba ya en el aire y el muchacho no sabía si era el frío exterior o sus pensamientos lo que le hacía tiritar.
Naomi se hallaba en una cama situada junto a la ventana. De cara al techo. Con los ojos abiertos y la mirada inmóvil. Ya no tenía sus trenzas. Apenas una tenue pelusita oscura.
Sobra su mesa de luz, unas cuantas grullas de papel desparramadas.
-Voy a morirme, Toshiro… -susurró, no bien sus amigo se paró, en silencio, al lado de su cama. –Nunca llegaré a plegar las mil grullas que hacen falta…
Mil grullas… o Semba-Tsuru, como se dice en japonés.
Con el corazón encogido, Toshiro contó las que se hallaban dispersas sobre la mesita. Sólo veinte.
Después, las juntó cuidadosamente en un bolsillo de su chaqueta. -Te vas a curar, Naomi- le dijo entonces, pero su amiga no lo oía ya: se había quedado dormida.
El muchachito salió del hospital, bebiéndose las lágrimas.
Ni la madre, ni el padre, ni los tíos de Toshiro (en cuya casa se encontraban temporariamente alojados) entendieron aquella noche el porqué de la misteriosa desaparición de casi todos los papeles que, hasta
ese día, había habido allí.
Hojas de diarios, pedazos de papel para envolver, viejos cuadernos y hasta algunos libros parecían haberse esfumado mágicamente.
Pero ya era tarde para preguntar. Todos los mayores se durmieron, sorprendidos.
En la habitación que compartía con sus primos, Toshiro velaba entre sombras. Esperó hasta que tuvo la certeza de que nadie más que él continuaba despierto. Entonces, se incorporó con sigilo y abrió el armario donde se solían acomodar las mantas.
Mordiéndose la punta de la lengua, extrajo la pila de papeles que había recolectado en secreto y volvió a su lecho.
La tijera la llevaba oculta entre sus ropas.
Y así, en el silencio y la oscuridad de aquellas horas, Toshiro recortó primero novecientos ochenta cuadraditos y luego los plegó, uno por uno, hasta completar las mil grullas que ansiaba Naomi, tras sumarles las que ella misma había hecho. Ya amanecía. El muchacho se encontraba pasando hilos a través de la silueta de papel. Separó en grupos de diez frágiles grullas del milagro y las aprestó para que imitaran el vuelo, suspendidas como estaban de un leve hilo de coser, una encima de la otra.
Con los dedos paspados y el corazón temblando, Toshiro colocó las cien tiras de su furoshiki y partió rumbo al hospital antes de que su familia se despertara. Por esa única vez, tomó sin pedir permiso la bicicleta de su primo.
No había tiempo perder. Imposible recorrer a pie, como el día anterior, los kilómetros que lo separaban del hospital. La vida de Naomi dependía de esas grullas.
-Prohibidas las visitas a esta hora- le dijo una enfermera, impidiéndole el acceso a la enorme sala de uno de cuyos extremos estaba la cama de su querida amiga.
Toshiro insistió: -Sólo quiero colgar estas grullas sobre su lecho. Por favor…
Ningún gesto denunció la emoción de la enfermera cuando el chico le mostró las avecitas de papel. Con la misma impasibilidad con que momentos antes le había cerrado el paso, se hizo a un lado y le permitió
que entrara: -Pero cinco minutos, ¿eh?
Naomi dormía.
Tratando de no hacer el mínimo ruidito, Toshiro puso en su silla sobre la mesa de luz luego se subió.
Tuvo que estirarse a más no poder para alcanzar el cielo raso. Pero lo alcanzó. Y en un rato estaba las mil grullas pendiendo del techo; los cien hilos entrelazados, firmemente sujetos con alfileres.
Fue al bajarse de su improvisada escalera advirtió que Naomi lo estaba observando. Tenía la cabecita echada hacia un lado y una sonrisa en los ojos.
-Son hermosas, Toshi-Chan… Gracias…
-Hay un millar. Son tuyas, Naomi. Tuyas-y el muchacho abandonó la sala sin darse cuenta.
En la luminosidad del mediodía que ahora ocupaba todo el recinto, mil grullas empezaron a balancearse impulsadas por el viento que la enfermera también dejó colar, al entreabrir por unos instantes la ventana.
Los ojos de Naomi seguían sonriendo.
La niña murió al día siguiente. Un ángel a la intemperie frente a la impiedad de los adultos
¿Cómo podían mil frágiles avecitas de papel vencer el horror instalado en su sangre?
Febrero de 1976.
Toshiro Ueda cumplió cuarenta y dos años y vive en Inglaterra. Se casó, tiene tres hijos y es gerente de sucursal de un banco establecido en Londres.
Serio y poco comunicativo como es, ninguno de sus empleados se atreve a preguntarle porqué, entre el aluvión de papeles con importantes informes y mensajes telegráficos que habitualmente se juntan sobre su escritorio, siempre se encuentran algunas grullas de origami dispersas al azar.
Grullas seguramente hechas por él, pero en algún momento en que nadie consigue sorprenderlo.
Grullas desplegando alas en las que se descubren las cifras de la máquina de calcular.
Grullas surgidas de servilletitas con impresos de los más sofisticados restaurantes…
Grullas y más grullas. Y los empleados comentan, divertidos, que el gerente debe creer en aquella superstición japonesa.
-Algún día completará las mil…-cuchicheaban entre risas-. ¿Se animará entonces a colgarlas sobre su escritorio?
Ninguno sospecha, siquiera, la entrañable relación que esas grullas tienen con la perdida de Hiroshimade su niñez.
Con su perdido amor primero.

Extraído de “No somos irrompibles, doce cuentos de chicos enamorados” Elsa Bornemann, 
Editorial Alfaguara

Tomado de aquí

Mayo. Mes del Libro. Día 25


“—Entre los 0 y los 6 años se inicia ese momento de la vida que llamamos primera infancia y ocurren los momentos clave en nuestra relación con el lenguaje. Aprendemos a comunicarnos, en la medida en que alguien nos lee y le otorga sentido a nuestros gritos, a nuestros llantos. Aprendemos a hablar después de mucho tiempo de robar voces, de sentir cómo suenan y cómo cantan. Nos ubicamos en el mundo de lo simbólico y, finalmente, nos acercamos al código escrito. Yo creo que no hay tres momentos más importantes en nuestra relación con el lenguaje que comunicarnos, entrar al lenguaje oral e ingresar a la lengua escrita. Todo esto crea un piso, un nido pleno de significación, entrecruzado de afecto y desvinculado de una actividad que luego se vuelve académica, alfabetizadora. Allí se construyen las bases de la casa imaginaria.” Yolanda Reyes

Tomado de aquí, donde pueden entrar para leer el artículo completo.

sábado, 25 de mayo de 2013

viernes, 24 de mayo de 2013

Elsa Bornemann



Hace dos días yo realizaba un post sobre Elsa Bornemann. Hace un rato me avisaron que ha fallecido.No tengo palabras para manifestar mi pena. La vamos a extrañar. Un abrazo a mis amigas argentinas y a tí, Elsa, que transites caminos de luz.

Mayo. Mes del Libro. Día 24




El lobizón oculto y otras leyendas de miedo, de Ana María Shua.
 Me lo compré en la Feria Internacional del Libro, en el stand de La Brujita de Papel quien lo editó en 2012, en Bs As. Contiene cuatro leyendas: una quechua, dos mapuches y una guaraní. Cuando continué recorriendo la Feria...¿A quién encontré? A Ana María Shua firmando autógrafos. Un plus inesperado y valioso.

jueves, 23 de mayo de 2013

Mayo. Mes del Libro. Día 23


Al fin me puse al día!!!!
 A las de mi generación: Recuerdan haber leído este libro y haber derramado unas lágrimas? Lo encontré en una librería de la calle Corrientes y no resistí. Me lo traje y lo volví a leer.


Anna Sewell nació en Inglaterra en 1820 y falleció en 1878. En su juventud sufrió un accidente que la discapacitó  físicamente.  Su dependencia de los coches tirados por equinos para su traslado( no olvidemos la época) la convirtió en una observadora del trato y las condiciones en que vivían los caballos de tiro. Al parecer su libro (el único que escribió) iba destinado a las personas que trabajasen con caballos pero se convirtió en un clásico de la literatura infantil y juvenil que puede ser disfrutado por los adultos como corresponde con todo libro bien escrito que ha sido destinado a los niños.
 Narrador protagonista, Azabache  tuvo una buena infancia en una finca de Inglaterra hasta que un  acontecimiento obligó a su dueño a venderlo. Distintas aventuras y días de sufrimiento e intolerancia, bientratado unas veces, maltratado las más, siendo testigo de variados sufrimientos de otros caballos, encuentra al final del libro un hogar donde vuelve a recibir el cuidado merecido por sus servicios.
Un detalle curioso, su título original es Black Beauty, “Belleza negra” por ese motivo fue prohibido en Sud África en la época del apartheid. La estupidez humana unida a la ignorancia.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Mayo. Mes del libro. Día 22


ELSA BORNEMANN

Elsa Bornemann es conocida por todos los chicos que gustan de leer y también por los grandes. Tengo varios de sus libros en mi biblioteca. He tomado este fragmento de un artículo publicado en Imaginaria. Les dejo el enlace para que puedan seguir leyendo.

Elsa Isabel Bornemann, hija de un relojero alemán y de una argentina descendiente de portugueses y españoles, nació en el barrio de Parque de los Patricios de la ciudad de Buenos Aires.
"—¡Bornemann, Elsa!
"—Presente, señorita.
"—Muy bien, ¿nos puede decir el nombre de su mamá?
"—Sí.
"—A ver, díganos.
"—Blancanieves.
"'La carcajada de todo el grado no le hizo mella, ni entonces ni después. Cada una de las veces en que la maestra preguntó, ella respondió lo mismo. Que su mamá se llamaba Blancanieves Fernández, y que era cierto.
'Cada vez que yo decía Blancanieves, todos empezaban: Ja ja, la mía Caperucita, la mía Cenicienta. Se creían que era un invento.'
"Pero no. Blancanieves Fernández es morena, descendiente de portugueses y españoles, casada —a disgusto de ambas familias— con el alemán, de Hannover, Wilhelm Karl Henri Bornemann, relojero y campanero venido y quedado para colocar reloj y campana del Concejo Deliberante.
"'Papá vino con otros alemanes en la época de Yrigoyen, pero en 1930 los agarró la revolución de Uriburu y no les quisieron pagar, entonces los compañeros volvieron a Alemania y lo dejaron a mi papá para que cobrara.'
"Colocando otro reloj en Harrod's, Henri se cruzó con Blancanieves que salía de la tienda bambolenado su morenez del bracete de una amiga. Henri no pudo resistir el resbaloso encanto latino. El resultado fueron tres hijas mujeres, incluyéndola a Elsa, la menor de todas." 


Mayo. Mes del libro. Día 21


MENTIR por María Teresa Andruetto

¿Qué puede hacer una niña tímida, de ocho, nueve, diez años, que tiene nariz grande, piernas flacas, ropa deslucida y que se sabe invisible para sus compañeras de grado? ¿Qué puede hacer esa niña a la que su madre ha contado cuentos cuando ella era la niña de la niña que hoy es, sino leer, leer desaforadamente todo lo que hay en su casa? ¿Y qué hay en su casa? Una mezcla de Twain y D´Amicis, de Stevenson y Tagore, de Dumas y Olegario Andrade, de Collodi y Kempis, una edición bellísima de El Quijote, varios Shakespeare en las ediciones populares de Tor, una Divina Comedia, un Decamerón, muchos libros sobre cooperativismo, muchas biografías y relatos de viaje, una colección de literatura política argentina que tiene desde Alberdi a Monteagudo, desde Moreno a Mansilla, con todo Sarmiento y todo Echeverría, y, sobre todo, mucha y buena literatura informativa, enciclopedias, diccionarios, historias universales y argentinas, historias de la música, del arte, de la fotografía, de la filatelia... porque no era la literatura sino el conocimiento lo que primaba en la casa y había que saber, saber cómo se hacen las cosas, cómo está compuesto el universo, cómo se generó la vida en la Tierra... porque los libros tenían un sentido utilitario y tal vez no hiciera falta leer una novela, pero cómo ignorar la evolución de la pintura desde Altamira hasta Picasso. Y yo, la niña que yo era, iba por esos libros inmensos que, sin duda, no comprendía, con el mismo desparpajo, con la misma irreverencia con que transitaba por las fotonovelas —Nocturno, Chabela, Idiliofilm— que había, a montones, en la casa de mi amiga Rosa, o por las hojas teñidas de sangre de la revista Así en las que el carnicero envolvía la carne que me habían mandado a comprar. Todo tenía para la imaginación de mis ocho, mis diez años, el mismo valor, porque yo iba por esos libros y diarios y revistas, buscando anécdotas, historias, para contárselas a mis compañeras de grado, historias que, mentirosa, contaba como propias. Iba a la escuela cada mañana, y en el recreo largo, me sentaba en un banco de cemento, en el patio y les contaba a mis compañeras de entonces algo que había leído el día anterior, una historia que alargaba o modificaba a mi antojo, para agregar suspenso o acabar a tiempo para regresar al aula. Ellas no sabían que esas historias no me pertenecían, que se trataba de episodios robados a los libros, y yo sentía por eso una inmensa vergüenza, pero lo mismo contaba, como un vicio cuya marcha no podemos detener, yo contaba. Lo que no sabía era que en aquellas historias narradas para que me quisieran mis compañeras de grado, yo estaba ejercitándome ya en esta pasión, en este delicado hacer, en esto que Abelardo Castillo llama el oficio de mentir.