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jueves, 9 de mayo de 2013

Mayo. Mes del Libro. Día 9

Un clásico. El Maestro del género del cuento no puede faltar. Para releer a Horacio Quiroga aquí está su cuento famoso: A la deriva. Perteneciente a Cuentos de amor de locura y de muerte.


El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el

pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento, vió una

yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.

  El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre

engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La

víbora vió la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su

espiral; pero el machete cayó de plano, dislocándole las vértebras.

El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y

durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos

puntitos violeta, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente

se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia

su rancho.

El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y

de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como

relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la

pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de

garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.

Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un

trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa

hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de

ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un

ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

  --¡Dorotea!--alcanzó a lanzar en un estertor.--¡Dame caña!

  Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres

tragos. Pero no había sentido gusto alguno.

  --¡Te pedí caña, no agua!--rugió de nuevo.--¡Dame caña!

  --¡Pero es caña, Paulino!--protestó la mujer espantada.

  --¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!

  La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó

uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.

  --Bueno; esto se pone feo--murmuró entonces, mirando su pie lívido y

ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la

carne desbordaba como una monstruosa morcilla.

  Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y

llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el

aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió

incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la

frente apoyada en la rueda de palo.

 Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a

su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del

Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú

corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

  El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el

medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la

canoa, y tras un nuevo vómito--de sangre esta vez--dirigió una mirada

al sol que ya trasponía el monte.

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y

durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el

pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con

grandes manchas lívidas y terriblemente dolorido. El hombre pensó que

no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir

ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban

disgustados.

La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y

el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta

arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

 --¡Alves!--gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

 --¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor!--clamó de nuevo, alzando

la cabeza del suelo.--En el silencio de la selva no se oyó un sólo

rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la

corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes,

altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas

bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro

también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre,

en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes

borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un

silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y

calma cobra una majestad única.

El sol había caído ya cuando el hombre, semi-tendido en el fondo de la

canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó

pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la

sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.

 El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y

aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del

rocio para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría

en Tacurú-Pucú.

El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No

sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su

compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex-patrón

míster Dougald, y al recibidor del obraje.

¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de

oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya

entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura

crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una

pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando

a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que

iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el

tiempo justo que había pasado sin ver a su ex-patrón Dougald. ¿Tres

años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho

meses y medio? Eso sí, seguramente.

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la

respiración también...

Al recibidor de maderas de míster Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había

conocido en Puerto Deseado, un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o

jueves...

El hombre estiró lentamente los dedos  de  la mano.

 --Un jueves...

 Y cesó de respirar.

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