Cómo el cervatillo
recibió su camisa moteada
Cuento Tradicional Lakota. Traducción de Cheryl Harleston
Tawíyela
estaba muy nerviosa y trastornada. Ella buscaba por aquí y por allá el peligro
escondido en las sombras de los cerezos silvestres y los retoños de sauce a lo
largo del lecho del riachuelo. Tachínchala, su bebé, apenas tenía unos cuantos
minutos de nacido, y el corazón de Tawíyela latía tan fuerte como un tambor de
guerra, preocupada por él. Su esposo, Tájcha, también vigilaba, observando lo
más que podía desde el acantilado, cuidando a su familia abajo.
"Oh Gran Creador, deseo
sinceramente en mi corazón una manera de proteger a mi cervatillo recién
nacido," suplicó la madre, mientras lavaba a su bebé con la lengua.
"Tú les ha dado a todos los padres de las criaturas de esta tierra algún
tipo especial de protección para sus bebés cuando nacen. El bebé del búfalo
puede correr inmediatamente y ocultarse entre sus padres, tías, tíos y primos
en el círculo interior seguro de la manada. Lo mismo puede decirse de los
grandes alces, cuyas abuelas suenan la alarma y arrastran incluso a los muy
jóvenes a la seguridad. Las ovejas tienen pequeños que puede correr al
acantilado más alto casi tan pronto como nacen. Y el bebé del antílope es tan
ligero de pie que puede huir con su madre del peligro casi antes de que ella
termina de lavar su cara.
Mi esposo y yo tememos por nuestro
propio bebé, pues no tiene tales habilidades. El y yo podemos correr y saltar
huyendo de cualquier amenaza, pero nuestro hijo es débil y de patas
tambaleantes, y no tiene fortaleza para salir corriendo. Oh Gran Creador de
todas las criaturas, por favor escucha nuestra súplica y danos alguna manera
para salvar a nuestro hijo de quienes quieren convertirlo en comida."
Con esto, el Creador de todas las cosas
detuvo lo que estaba haciendo y bajó a la tierra para ver qué podía hacer. Su
corazón se había conmovido por los rezos sinceros de la madre ciervo y decidió
acoger su pedido.
Se apareció como un gran viento que
ahuyentó a todos los depredadores que habían estado escondidos en las sombras.
Fueron enviados lejos para que no pudieran ver ni oír ni saber de ninguna forma
qué plan idearía el Creador para ayudar a la familia ciervo a proteger a su
bebé.
Entonces llamó a Tawíyela y Tájcha y se
paró sobre el pequeño Tachínchala, quien acababa de caer en una mata de bayas.
"Este bebé ciertamente necesita ayuda," dijo el Creador. "Esto
es lo que haremos. Tráiganme una piel de ante que sea tan suave como pluma de
ganso. Tráiganme sus botes de pintura y también todas sus bolsas de pigmento en
polvo."
El ciervo padre brincó por los árboles
para reunir todos los artículos que solicitaba el Creador, mientras que la
madre se quedó resguardando a su bebé. El Creador se inclinó sobre el pequeño
bebé que yacía tendido a sus pies. Tomó una inhalación profunda y luego exhaló
con fuerza. Los árboles se mecieron con el aliento del Creador. Luego tomó otra
inhalación más profunda aún, tan profunda y tan poderosa que aspiró todo el
olor de la piel del cervatillo. Ni una sola hoja tembló en el Gran Silencio del
Creador, y ni siquiera una brisa minúscula de su aliento volvió a salir de su
boca.
Tájcha corrió veloz a través de las
cañas del sauce, abriéndose camino entre las ramas secas al lado de los pinos
en su urgencia por traer al Creador lo que había pedido. La piel de ante estaba
atada alrededor de su cuello, y sus ollas de pintura y bolsas de pigmento en
polvo estaban atadas a su rabo, pues sus astas todavía no habían brotado lo
suficiente y por lo tanto no podían hacer el trabajo. Ofreció los artículos con
gran respeto al Creador, cantando conforme lo hacía una pequeña plegaria de
gracias. "Pilámayaye, Wakán Tanka," cantó. "Pilámayaye, Wakán
Tanka."
El Creador de todo el cielo y la tierra
midió al bebé con su gran mano. Entonces tomó un pedazo de piedra de la tierra
a su lado y cortó la mullida piel de ante al tamaño. Le indicó a Tawíyela que
cortara algunas tiras y le pidió que atara los costados, mientras mezclaba los
pigmentos cuidadosamente en las ollas. Tomó un poco de negro del carbón de
muchos fuegos, un poco de café de la tierra, un poco de blanco del saquillo del
padre, añadiendo un poco de amarillo cremoso y una pizca de rojo sagrado.
Entonces el Gran Pintor dio unos
golpecitos con estas pinturas sobre la camisa del bebé. Cuando terminó, pidió a
la madre que metiera la camisa sobre la cabeza del bebé para cubrir su dorso y
sus costados. "Asegúrense de que sus hijos e hijas vistan esta camisa de
ahora en adelante," dijo el Creador, "e indíquenles que se queden tranquilos
en dondequiera que los pongan, sin moverse ni hacer ruido. Mientras ellos
obedezcan sus instrucciones estarán seguros, pues ahora son invisibles para
quienes rondan en el bosque, y no tienen olor alguno que los delate ante sus
enemigos."
Y por eso el cervatillo viste una camisa
moteada hasta que es lo bastante grande y fuerte para que los lobos no se lo
puedan comer.
Tawíyela ~ Venada
Tachínchala ~ Cervatillo
Tájcha ~ Ciervo
Pilámayaye ~ Gracias
Wakán Tanka ~ El Gran Creador