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miércoles, 13 de mayo de 2015

Mayo. Mes del Libro 2015. Día 13

Vamos a leer un cuento de Gianni Rodari 


A jugar con el bastón


Un día el pequeño Claudio jugaba en el zaguán, y por la calle pasó un hermoso anciano con los lentes de oro, que caminaba encorvado, apoyándose en un bastón, y precisamente delante del portón se le cayó el bastón.
                   
Claudio fue presuroso a recogérselo y se lo dio al viejo, que le sonrió y dijo:
                   
 - Gracias, pero no me sirve. Puedo caminar muy bien sin él. Si te gusta, tenlo.
                   
 Y sin esperar respuesta se alejó, y parecía menos encorvado que antes.
                   
 Claudio permaneció allí con el bastón entre las manos y no sabía qué hacer.
                   
 Era un bastón común de madera, con el mango curvo y la punta de hierro, y no se notaba nada más especial. Claudio golpeó dos o tres veces la punta en el suelo, después, casi sin pensarlo montó a horcajadas el bastón y he aquí que no era más un bastón, sino un caballo, un maravilloso potro negro con una estrella blanca en la frente, que se lanzó al galope alrededor del patio, relinchando y haciendo salir centellas de los guijarros.
 Cuando Claudio, un poco maravillado y un poco asustado, logró poner el pie en el suelo, el bastón era nuevamente un bastón, y no tenía cascos sino una sencilla punta oxidada, ni crines de caballo, sino el mismo mango encorvado.
- Quiero probar de nuevo -dijo Claudio, cuando logró recobrar el aliento.
 Montó de nuevo el bastón, y esta vez no fue un caballo, sino un solemne camello con dos jorobas y el patio era un inmenso desierto para atravesar, pero Claudio no tenía miedo y observaba desde lejos, para ver aparecer el oasis.
“Ciertamente es un bastón encantado”, se dijo Claudio, montándolo por tercera vez.
 Ahora era un automóvil de carreras, todo rojo con el número escrito en blanco sobre el capó, y el patio una pista ruidosa, y Claudio llegaba siempre el primero a la meta.
Después, el bastón fue una motonave y el patio un lago con aguas tranquilas y verdes, y después una nave espacial que surcaba los espacios, dejando tras de sí una estela de estrellas.
 Cada vez que Claudio ponía el pie en tierra el bastón tomaba su aspecto pacífico, el mango lúcido, el viejo herrete. La tarde pasó rápida entre aquellos juegos.
 Hacia la noche Claudio se asomó hacia la carretera, y he aquí que ve al viejo con los lentes de oro.
 Claudio lo observó con curiosidad, pero no pudo ver en él nada de especial: era un viejo señor
cualquiera, un poco cansado por el paseo.
 -¿Te gusta el bastón?, preguntó sonriendo a Claudio. Claudio creyó que se lo pedía, y se lo alargó, enrojecido. Pero el viejo hizo señal de que no.
 -Tenlo, tenlo, dijo. ¿Qué hago yo con un bastón? Tú puedes volar, yo sólo podré apoyarme. Me apoyaré en el muro y será lo mismo.
Y se fue sonriendo, porque no hay persona más feliz que el viejo que puede regalar alguna cosa a  un niño.

viernes, 8 de agosto de 2014

6 y 9 de Agosto

MIL GRULLAS  De Elsa Bornemann

Naomi Watanabe y Toshiro Ueda creían que el mundo era nuevo. Como todos los
chicos. Porque ellos eran nuevos en el mundo. También, como todos los chicos. Pero el
mundo era ya muy viejo entonces, en el año 1945, y otra vez estaba en guerra. Naomi y
Toshiro no entendían muy bien que era lo que estaba pasando.
Desde que ambos recordaban, sus pequeñas vidas en la ciudad japonesa de Hiroshima se
habían desarrollado del mismo modo: en un clima de sobresaltos, entre adultos callados
y tristes, compartiendo con ellos los escasos granos de arroz que flotaban en la sopa
diaria y el miedo que apretaba las reuniones familiares de cada anochecer en torno a las
noticias de la radio, que hablaban de luchas y muerte por todas partes. Sin embargo,
creían que el mundo era nuevo y esperaban ansiosos cada día para descubrirlo.
¡Ah…y también se estaban descubriendo uno al otro!
Se contemplaban de reojo durante la caminata hacia la escuela, cuando suponían que sus
miradas levantaban murallas y nadie más que ellos podrían transitar ese imaginario
senderito de ojos a ojos.
Apenas si habían intercambiado algunas frases. El afecto de los dos no buscaba las
palabras. Estaban tan acostumbrados al silencio…
Pero Naomi, sabía que quería a ese muchacho delgado, que más de una vez se quedaba
sin almorzar para darle a ella la ración de batatas de había traído de su casa.
-No tengo hambre-le mentía Toshiro, cuando veía a la niña apenas si tenía dos o tres
galletitas para pasar el mediodía. - Te dejo mi vianda - y se iba a corretear con sus
compañeros hasta la hora de regreso a las aulas, para que Naomi no tuviera vergüenza
de devorar la ración.
Naomi… Poblaba el corazón de Toshiro. Se le anudaba en los sueños con sus largas
trenzas negras. Le hacía tener ganas de crecer de golpe para poder casarse con ella. Pero
ese futuro quedaba tan lejos aún…
El futuro inmediato de aquella primavera de 1945 fue el verano, que llego puntualmente
el 21 de junio y anunció las vacaciones escolares.
Y con la misma intensidad con que otras veces habían esperado sus soleadas mañanas,
ese año los ensombreció a los dos: ni Naomi ni Toshiro deseaban que empezara. Su
comienzo significaba que dejar de verse durante un mes y medio inacabable.
A pesar de que sus casas no quedaban demasiado lejos un de la otra, sus familias no se
conocían. Ni siquiera tenían entonces la posibilidad de encontrarse en alguna visita.
Había que esperar pacientemente la reanudación de las clases.
 Acabó junio y Toshiro arrancó contento la hoja del almanaque.
Se fue julio y Naomi arrancó contenta la hoja del almanaque.
Y aunque no lo supieran ¡Por fin llegó agosto!-pensaron los dos al mismo tiempo.
Fue justamente el primero de esos cuando Toshiro viajó, junto con sus padres, hacia la
aldea de Miyashima. Iban a pasar una semana. Allí vivían los abuelos, dos ceramistas
que veían apilarse vasijas en todos los rincones del local.
Ya no vendían nada. No obstante, sus manos viejas seguían modelando la arcilla con la
misma dedicación de otras épocas. –Para cuando termine la guerra… -decía el abuelo.-
Todo acaba algún día... – comentaba la abuela por lo bajo. Y Toshiro se sentía que la
paz debería ser algo muy hermoso, porque los ojos de sus madres parecían aclararse
fugazmente cada vez que se referían al fin de la guerra, tal como a el se le aclaraban los
suyo cuando recordaba a Naomi.
¿Y Naomi?
El primero de agosto se despertó inquieta; acababa de soñar que caminaba, sobre la
nieve. Sola. Descalza. Ni casas ni árboles a su alrededor. Un desierto helado y ella
atravesándolo.
Abandonó el tatami, se deslizo de puntillas entre sus dormidos hermanos y abrió la
ventana de la habitación. ¡Qué alivio!
Una cálida madrugada le rozo las mejillas. Ella le devolvió un suspiro.
El dos y tres de agosto escribió, trabajosamente, sus primeros haikus.

Lento se apaga
El verano.
Enciendo lámparas y sonrisas.

Pronto
Florecerán los crisantemos.
Espera,
Corazón.

Después, achicó en rollitos ambos papeles y los guardó dentro de una cajita de laca en la
que escondía sus pequeños tesoros de curiosidad de sus hermanos.
El cuatro y cinco de agosto se los pasó ayudando a su madre y a las tías. ¡Era tanta la
ropa para remendar! Sin embargo, esa tarea no le disgustaba.
Naomi siempre sabía hallar el modo de convertir en un juego entretenido lo que acaso
resultaba aburridísimas para otras chicas. Cuando cosía, por ejemplo, imaginaba que
cada doscientas veintidós puntadas podía sujetar el deseo para que se cumpliese.
La aguja iba y venía, laboriosa. Así, quedó el pantalón de su hermano menor el ruego de
que finalizara enseguida esa espantosa guerra, y en los puños de la camisa de papá, el
pedio de que Toshiro no la olvidara nunca…
Y los dos deseos se cumplieron.
Pero el mundo tenía sus propios planes… Ocho de la mañana seis de agosto en el cielo de Hiroshima.
Naomi se ajusta su obi de su kimono y recuerda a su amigo: -¿Qué estará haciendo
ahora?
“Ahora”, Toshiro pesca en la isla mientras se pregunta: -¿Qué estará haciendo Naomi?
En el mismo momento, un avión enemigo sobrevuela el cielo de Hiroshima.
En el avión, hombres blancos que pulsan botones y la bomba atómica surca por primera
vez en el cielo. El cielo de Hiroshima.
Un repentino resplandor ilumina extrañamente la cuidad.
En ella, una mamá amanta a su hijo por última vez.
Dos viejos trenzan bambúes por última vez.
Una docena de chicos canturrea: “Donguri Koro Koro- Donguri Ko…” por última vez.
Cientos de mujeres repiten sus gestos habituales por última vez.
Miles de hombres piensan en mañana por última vez.
Naomi sale para hacer unos mandados.
Silenciosa explota la bomba. Hierven, de repente, las aguas del río.
Y medio millón de japoneses, medio millón de seres humanos, se desintegraron esta
mañana. Y con ellos desaparecen edificios, árboles, calles, animales, puentes y el paso
de Hiroshima.
Ya ninguno de los sobrevivientes podrá volver a reflejarse en el mismo espejo, ni abrir
nuevamente la puerta de su casa, ni retomar ningún camino requerido.
Nadie será ya quien era.
Hiroshima arrasada por un hongo atómico.
Hiroshima es el sol, ese seis de agosto de 1945. Un sol estallando.
Recién en diciembre logro Toshiro averiguar donde estaba Naomi ¡Y que aún estaba
viva, Dios!
Ella y su familia, internados en el hospital ubicado en la localidad próxima de
Hiroshima. Como tantos otros cientos de miles que también había sobrevivido al horror,
aunque el horror estuviera ahora instalado dentro de ellos, en sus misma sangre.
Y hacia ese hospital marchó Toshiro una mañana.
El invierno insinuaba ya en el aire y el muchacho no sabia si era el frío exterior o sus
pensamiento lo que le hacia tiritar.
Naomi se hallaba en una cama situada junto a la ventana. De cara al techo. Con los ojos
abiertos y la mirada inmóvil. Ya no tenía sus trenzas. Apenas una tenue pelusita oscura.
Sobra su mesa de luz, unas cuantas grullas de papel desparramadas.
-Voy a morirme, Toshiro… -susurró, no bien sus amigo no se paró, en silencio, al lado
de su cama. –Nunca llegare a plegar las mil grullas que hacen falta…
Mil grullas… o Semba-Tsuru, como se dice en japonés.
Con el corazón encogido, Toshiro contó las que se hallaban dispersas sobre la mesita.
Sólo veinte. Después, las juntó cuidadosamente en un bolsillo de su chaqueta.
-Te vas a curar, Naomi- le dijo entonces, pero su amiga no lo oía ya: se había quedado
dormida. El muchachito salió del hospital, bebiéndose lágrimas.
Ni la madre, ni el padre, ni los tíos de Toshiro (en cuya casa se encontraban
temporariamente alojados) entendieron aquella noche el porqué de la misteriosa
desaparición de casi todos los papeles que, hasta ese día, había habido allí.
Hojas de diarios, pedazos de papel para envolver, viejos cuadernos y hasta algunos
libros parecían haberse esfumado mágicamente. Pero ya era tarde para preguntar. Todos
los mayores se durmieron, sorprendidos.
En la habitación que compartía con sus primos, Toshiro velaba entre sombras. Esperó
hasta que tuvo la certeza de que nadie más que él continuaba despierto. Entonces, se
incorporó con sigilo y abrió el armario donde se solían acomodar las mantas.
Mordiéndose la punta de la lengua, extrajo la pila de papeles que había recolectado en
secreto y volvió a su lecho.
La tijera llevaba oculta entre sus ropas.
Y así, en el silencio y la oscuridad de aquellas horas, Toshiro recorto primero
novecientos ochenta cuadraditos y luego los plegó, uno por uno, hasta completar las mil
grullas que ansiaba Naomi, tras sumarles las que ella misma había hecho. Ya amanecía.
El muchacho se encontraba pasando hilos a través de de la silueta de papel. Separó en
grupos de diez frágiles grullas del milagro y las aprestó para que imitaran el vuelo,
suspendidas como estaban de un leve hilo de coser, una encima de la otra.
Con los dedos paspados y el corazón temblando, Toshiro colocó las cien tiras de su
furoshiki y partió rumbo al hospital antes de que su familia se despertara. Por esa única
vez, tomó sin pedir permiso la bicicleta de su primo.
No había tiempo perder. Imposible recorrer a pie, como el día anterior, los kilómetros
que lo separaban del hospital. La vida de Naomi dependía de esas grullas.
-Prohibidas las visitas a esta hora- le dijo una enfermera, impidiéndole el acceso a la
enorme sala de uno de cuyos extremos estaba la cama de su querida amiga.
Toshiro insistió: -Sólo o quiero colgar estas grullas sobre sus lecho. Por favor…
Ningún gesto denunció la emoción de la enfermera cuando el chico le mostró las
avecitas de papel. Con la misma impasibilidad con que momentos antes le había cerrado
el paso, se hizo a un lado y le permitió que entrara: -Pero cinco minutos, ¿eh?
Naomi dormía.
Tratando de no hacer el mínimo ruidito, Toshiro puso en su silla sobre la mesa de luz
luego se subió.
Tuvo que estirarse a más no poder para alcanzar el cielo raso. Pero lo alcanzó. Y en un
rato estaba las mil grullas pendiendo del techo; los cien hilos entrelazados, firmemente
sujetos con alfileres.
Fue al bajarse que su improvisada escalera advirtió que Naomi los estaba observando.
Tenía la cabecita echada hacia un lado y una sonrisa en los ojos.
-Son hermosas, Toshi-Chan… Gracias… -Hay un millar. Son tuyas, Naomi. Tuyas -y el muchacho abandonó la sala sin darse cuenta.
En la luminosidad del mediodía que ahora ocupaba todo el recinto, mil grullas
empezaron a balancearse impulsadas por el viento que la enfermera también dejó colar,
al entreabrir por unos instantes la ventana.
Los ojos de Naomi seguían sonriendo.
La niña murió al día siguiente. Un ángel a la intemperie frente a la impiedad de los
adultos ¿Cómo podían mil frágiles avecitas de papel vencer el horror instalado en su
sangre?
Febrero de 1976.
Toshiro Ueda cumplió cuarenta y dos años y vive en Inglaterra. Se casó, tiene tres hijos
y es gerente de sucursal de un banco establecido en Londres.
Serio y poco comunicativo como es, ninguno de sus empleados se atreve a preguntarle
por qué, entre el aluvión de papeles con importantes informes y mensajes telegráficos
que habitualmente se juntan sobre su escritorio, siempre se encuentran algunas grullas
de origami dispersas al azar.
Grullas seguramente hechas por él, pero en algún momento en que nadie consigue
sorprenderlo.
Grullas desplegando alas en las que se descubren las cifras de la máquina de calcular.
Grullas surgidas de servilletitas con impresos de los más sofisticados restaurantes…
Grullas y más grullas.
Y los empleados comentan, divertidos, que el gerente debe creer en aquella superstición
japonesa.
-Algún día completara las mil…-cuchicheaban entre risas-. ¿Se animará entonces a
colgarlas sobre su escritorio?
Ninguno sospecha, siquiera, la entrañable relación que esas grullas tienen con la perdida
de Hiroshima de su niñez. Con su perdido amor primero.


Extraído de No somos irrompibles, doce cuentos de chicos enamorados.

viernes, 13 de junio de 2014

Regalos de Sergio López








Una mañana lluviosa fue la excusa para disfrutar de los libros que Sergio López regaló a la Biblioteca Solidaria de la Escuela 3. Muchas gracias!

lunes, 9 de junio de 2014

Con los libros nos pasan cosas

Cosas que entibian

El sábado entré a un comercio, di los buenos días, saludé con la cabeza y con sonrisas, había  unas cuántas personas y por aquí todos nos conocemos aunque sea de vista. Un muchacho me saludo. “¿Cómo está?” dije “bien” y seguí. Al rato, desde detrás del mostrador me vuelve a mirar y me sonríe. Recién enfoqué. Los chicos crecen y yo me achico pero las sonrisas son difíciles de olvidar. Pedí disculpas:
 -Recién te reconozco.
-Yo vi que no me había conocido, profesora.
Intercambiamos algunas palabras. De pronto me dice: -Hace poco me acordaba de aquel libro que nos leyó, aquel del tesoro.
- ¿El tesoro de Cañada Seca?
- Ese mismo!
Otro charlita y cuando me voy me grita: -¿Quién era el autor?
-Julián Murguía! Y puse a las órdenes el libro.

Esto daría para una larga reflexión pero solamente digo que esto me convence (si ya no estuviera convencida) de lo importante que es leerle a los chicos. Y recordé a mi profesora de Idioma Español de primer año liceal,  que nos leyó una mañana  una leyenda de Bécquer y por la tarde yo salí desesperada hacia la Biblioteca Municipal y me pasé la tarde leyendo todas sus leyendas y su poesía.

jueves, 29 de mayo de 2014

Mayo. Mes del Libro. Día 29

ROGER MELLO

Las ilustraciones de Roger Mello  son reconocibles por su colorido y su exultante imaginación y reflejan su pasión por el folklore y la exploración del mundo. Constituyen, explica IBBY, un camino para indagar en la historia y la cultura brasileñas. Mello no subestima la capacidad del niño para reconocer y decodificar los fenómenos culturales y las imágenes.

Mello ha sido escogido entre treinta ilustradores de todo el mundo, entre los que quedaron finalistas Rotraut Susanne Berner (Alemania), John Burningham (Reino Unido), Eva Lindström (Suecia), François Place (Francia) y Øyvind Torseter (Noruega).

Tomado de    http://www.lecturalab.org/story/El-ilustrador-brasileo-Roger-Mello-y-la-autora-japonesa-Nahoko-Uehashi-y-premios-Hans-Christian-Andersen-2014_4887







Imágenes tomadas de la web

Mayo. Mes del Libro. Día 29

MORIBITÓ

La saga de libros Moribitó de Nahoko Uehashi está formada por diez títulos, de los cuales, Moribitó, el guardián del espíritu es el primero de la colección.
Ambientada en la Edad Media japonesa, Moribitó nos narra la historia de Balsa, una joven mercenaria que, por casualidad, acaba rescatando al príncipe heredero del palacio Ninomiya. 

Balsa es una luchadora. Ocho hombres murieron para que ella sobreviviera y en búsqueda de redención por aquellas muertes, ahora ofrece protección a niños y adultos, ricos y pobres.

Experta en artes marciales y el manejo de la lanza, Balsa es una rival imbatible.


Aunque la protagonista indiscutible es Balsa, la autora nos describe en cada libro una aventura diferente, de forma que cada historia tiene un desenlace final bien arraigado.

En cuanto a la edición, al final del libro se incluye un glosario de términos y personajes, pues las continuas referencias a ciertas palabras ficticias en japonés, lógicamente, pueden suponerle al lector alguna traba a la hora de recordar la terminología utilizada. Otro dato a destacar sobre la edición es que, en algunas páginas, se incluyen dibujos de los personajes entintados en tonalidades rojas, negras y grises, algo que nos ha resultado curioso y sirve de ayuda para visualizar cómo es el aspecto físico de los mismos.


Mayo. Mes del Libro. Día 29

PREMIO ANDERSEN 2014
La escritora japonesa Nahoko Uehashi y el ilustrador brasileño Roger Mello fueron distinguidos con el Premio Hans Christian Andersen 2014, otorgado por IBBY, por su significativa contribución a la literatura infantil y juvenil.
Según explicó el jurado, Uehashi escribe novelas de fantasía únicas desde el punto de vista de la antropología cultural. En efecto, la autora tiene la convicción de que las personas de todos los rincones del mundo tienen en común la misma pasión por contar historias.
El viaje y los descubrimientos son aspectos importantes de la expresividad artística de Roger Mello, y el rico contenido de sus ilustraciones refleja su pasión por el folclore y la exploración del mundo.
La IBBY entrega el Premio Hans Christian Andersen, el más prestigioso de la literatura infantil internacional, cada dos años desde 1956 a los autores y a los ilustradores desde 1966. Se concede a autores e ilustradores cuya obra completa se considere que ha hecho contribuciones duraderas a la literatura infantil. Las medallas y diplomas Andersen se entregarán a los ganadores en marco del 34.º Congreso Internacional de IBBY en la Ciudad de México que se celebrará el 10 septiembre de 2014.




  

Imágenes tomadas de la web.

domingo, 25 de mayo de 2014