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sábado, 14 de mayo de 2016

Mes del Libro . Día 13

El zorro y el tatú
El zorro tenía su chacra sin sembrar desde hacía varios años. Era mal labrador y nunca le había atraído el trabajo de la tierra. Esa tarea sedentaria y sucia le parecía indigna de él, tan apuesto, tan movedizo, tan amante de los largos viajes y de la buena cacería. Pero cada día que pasaba sentía con mayor apremio la necesidad de hacer producir esa chacra inútil, pues no siempre andaban bien sus negocios y pasaba hambre con frecuencia. La solución estaba en encontrar un socio que trabajara por los dos. 
Pensó en seguida en el quirquincho que es un buen labrador y que como tiene fama de ser poco inteligente, fácilmente podría aprovecharse de su trabajo. Y así fue como buscó al quirquincho y le propuso formar una sociedad. El quirquincho pondría la semilla y el trabajo; el zorro la tierra, y estipularía la forma de repartir el producto. El quirquincho aceptó y dispuso todo lo necesario para dar cumplimiento a lo pactado. El zorro dio entonces sus instrucciones con toda la mala intención.

- Este año, compadre, será para mí lo que den las plantas de la siembra arriba de la tierra, y para usted lo que den abajo.
El quirquincho meditó en el escondido propósito del zorro, el de aprovecharse de su trabajo y de sus bienes, y sembró papas. Cuando llegó la época de la cosecha, a él le correspondieron las papas y al zorro las hojas inútiles que las plantas dan fuera de la tierra.
Al año siguiente, el zorro, molesto por el mal negocio, dijo a su socio:
- Este año, compadre, como es justo, será para mí lo que den las plantas bajo tierra y para usted lo que den arriba.
- Bien, compadre, será como usted dice- replicó el quirquincho.
El quirquincho sembró, entonces trigo. Cuando estuvo maduro lo segó, llenó su granero de espigas, y le entregó al zorro una carga de raíces sin ninguna utilidad.
No me dejaré burlar más, pensó, y le dijo al compadre:
- Este año, ya que usted ha sido tan afortunado con las cosechas anteriores, será para mí lo que den las plantas arriba y debajo de la tierra, y para usted lo que den en el medio.
- Bien, compadre, ya sabe que respeto su opinión- dijo el quirquincho. El quirquincho sembró maíz. En la época precisa levantó la cosecha y llenó su granero de magníficas mazorcas. Al zorro le entregó una parva hecha con las cañas, los penachos y las raíces del maizal.
El zorro quedó así, en tres años, reducido a la mitad de la miseria y el quirquincho progresó gracias a su trabajo honrado.
Y ese fue el castigo a la mala fe del socio tramposo.

martes, 10 de mayo de 2016

Mes del Libro. Día 10

Algo grave va a suceder en este pueblo

Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:
-No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.
Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:
-Te apuesto un peso a que no la haces.
Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta:
-Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo.
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice:
-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
-¿Y por qué es un tonto?
-Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.
Entonces le dice su madre:
-No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.
La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero:
-Véndame una libra de carne -y en el momento que se la están cortando, agrega-: Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado.
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice:
-Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas.
Entonces la vieja responde:
-Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.
Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice:
-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.)
-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
-Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.
-Sí, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:
-Hay un pajarito en la plaza.
Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.
-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.
-Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.
-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen:
-Si éste se atreve, pues nosotros también nos vamos.
Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.
Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:
-Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa -y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando:
-Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca.


Gabriel García Márquez

sábado, 7 de mayo de 2016

Mayo. Mes del Libro. Día 7

Compartamos este precioso cuento!!!


Un mojado miedo verde Graciela Falbo
Hay alguien atragantado de miedo, metido hasta el cuello, en las aguas quietas de Laguna Verde.
Hoy, precisamente hoy, empieza la Gran Fiesta del Pescado Frito y , como todos los años, Laguna Verde se llena de pescadores que llegan desde lugares lejanos, alegres, con sus tanzas, sus cañas, sus anzuelos. Si supieran lo que está pasando, no se meterían con sus frágiles botes en las aguas, en apariencia tranquilas, de la laguna, ni remarían, buscando peces, hasta el centro mismo de las aguas mansas.
Tampoco las parejas de enamorados se perderían entre los juncos para besarse al sol. Porque... Hay un monstruo verde en la Laguna Verde. No existe en el mundo nada más horripilante que este monstruo lagunoso. Tiene dos pares de patas que terminan en sólidas garras afiladas. Su cuerpo es verde mate cocido, como el agua de la laguna. Su piel, rugosa y áspera y también viscosa por el lado de atrás. Sus ojos son amarillos pero, cuando empieza a oscurecer, se vuelven rojos como la sangre... Y, además, tiene una cola oblicua llena de púas que hace cimbrar, como una serpiente negra. De la cabeza a las patas, el monstruo mide casi cuatro metros. Sin embargo nadie lo ha visto nunca porque su piel verde se confunde con el agua verde de la laguna.
Nadie sabe que está ahí.
Nadie, no..., alguien sí lo sabe. Alguien que, sumergido hasta el cuello en el agua, está viendo algo que lo deja mudo, algo que lo paraliza de terror...
Los botecitos de los pescadores comienzan a deslizarse por la laguna, livianos como mosquitas de colores. Avanzan lentamente, sigilosos, para no alertar a los peces. Todo está ligeramente envuelto en un tranquilo silencio; apenas si se escucha el chapoteo suave de los remos al cortar el agua, y el canto alegre de las chicharras.
Ninguno imagina que, a pocos metros, alguien paralizado por el terror, con el agua hasta el cuello, tirita de miedo.
El monstruo de la laguna verde es carnívoro.
Su larguísima lengua roja actúa como un látigo de acero que atrapa, tritura y muele, igual que una multiprocesadora. Gracias a su vertiginosa lengua, el monstruo sería capaz de devorarse hasta un buey y digerirlo como a una aceituna.
En la oscuridad de la noche, sus ojos rojo-sangre parecen dos estigmas de fuego, capaces de aterrar al más valiente.
Pero ahora es de día, y alguien tiembla en la laguna; tiembla sin poder gritar, sin atinar a moverse, sin sentirse capaz de poder abrir la boca para pedir ayuda siquiera.
Los pescadores ya tiraron sus hilos (las carnadas flotan apenas unos centímetros bajo el agua...) y se disponen a esperar. Algunos toman mate para pasar el tiempo. En medio del silencio, de los juncos, del sol, el día tiene la paz de esos paisajes de almanaque. ¿Quién, mecido por la paz del lugar, podría suponer que alguien desmaya de terror en la laguna?
El mosntruo pesa como doscientos treinta kilos; su cuerpo está semienterrado en el barro. Sus garras traseras salen de unas patas que tienen una poderosa musculatura, como un resorte capaz de permitirle un salto mortal. Sin embargo, su mejor arma, la invencible, es mimetizarse con el agua hasta casi desaparecer. Cualquiera, desprevenido, podría pasar por encima de él sin advertir que su gran bocaza oscura, con sus setenta y ocho colmillos, afilados como estiletes, podría estar abierta, a la espera de un cuerpo o dos o cincuenta y seis le penetren hasta el fondo de la garganta para... ¡¡ÑÑÑÑAMM!! cerrarse de golpe, como una poderosa compactadora de metales.
Los pescadores lo ignoran y sólo sueñan con sus botes desbordando de pescados y con la hermosa copa que adornará la vitrina del campeón de la Gran Fiesta Anual del Pescado Frito.
Ajenas a todo, las parejas de enamorados siguen felices entre los juncos...
Sólo alguien, con el alma en un hilo, ya al borde del pánico en la Laguna Verde, ve que la situación se vuelve cada vez más difícil, ingobernable, inminente...
Las embarcaciones se van acercando perezosamente; buscando peces, se acercan más y más hacia el centro de la laguna, donde el mosntruo se confunde con el agua.
Se acercan sin imaginar lo que hay allí; ya rozan con los remos, sin querer, la horrible piel viscosa, la gruesa piel verde del monstruo verde de la laguna.
Y el monstruo, que ya hace rato los ha estado viendo aproximarse, con sus cañas, sus tanzas y sus anzuelos, no puede evitarlo y tirita de miedo, se hace pis del terror. Trata de hacerse chiquito mientras se pregunta por qué su mamá se fue y lo dejó tan solito en ese horrible lugar.


domingo, 21 de febrero de 2016

Umberto Eco


Salud!!




Los tres astronautas






Era una vez la Tierra.

Era una vez Marte.

Estaban muy lejos el uno de la otra, en medio del cielo, y alrededor había millones de planetas y de galaxias.

Los hombres que estaban sobre la Tierra querían llegar a Marte y a los otros planetas; ¡pero estaban tan lejos!
 

Sin embargo, trataron de conseguirlo. Primero lanzaron satélites que giraban alrededor de la Tierra durante dos días y volvían a bajar.

Después, lanzaron cohetes que daban algunas vueltas alrededor de la Tierra, pero, en vez de volver a bajar, al final escapaban de la atracción terrestre y partían hacia el espacio infinito.

Al principio, pusieron perros en los cohetes: pero los perros no sabían hablar y por la radio del cohete transmitían solo "guau, guau". Y los hombres no entendían qué habían visto y adónde habían llegado.


Por fin, encontraron hombres valientes que quisieron trabajar de astronautas.

El astronauta se llama así porque parte a explorar los astros que están en el espacio infinito, con los planetas, las galaxias y todo lo que hay alrededor.

Los astronautas partían sin saber si podían regresar. Querían conquistar las estrellas, de modo que un día todos pudieran viajar de un planeta a otro, porque la Tierra se había vuelto demasiado chica y los hombres eran cada día más.

Una linda mañana, partieron de la Tierra, de tres lugares distintos, tres cohetes.

En el primero iba un estadounidense que silbaba muy contento una canción de jazz.

En el segundo iba un ruso, que cantaba con voz profunda "Volga, Volga".

En el tercero iba un negro que sonreía feliz con dientes muy blancos sobre la cara negra.

En esa época los habitantes de África, libres por fin, habían probado que como los blancos podían construir, casas, máquinas y, naturalmente, astronaves.

Cada uno de los tres deseaba ser el primero en llegar a Marte: El norteamericano, en realidad, no quería al ruso y el ruso al norteamericano, porque el norteamericano para decir "buenos días" decía How do you do y el ruso decía zdravchmite.

Así, no se entendían y creían que eran diferentes.

Además, ninguno de los dos quería al negro porque tenía un color distinto.

Por eso no se entendían.

Como los tres eran muy valientes, llegaron a Marte casi al mismo tiempo. Descendieron de sus astronaves con el casco y el traje espacial. Y se encontraron con un paisaje maravilloso y extraño: El terreno estaba surcado por largos canales llenos de agua de color verde esmeralda. Había árboles azules y pajaritos nunca vistos, con plumas de rarísimo color.

En el horizonte se veían montañas rojas que despedían misteriosos fulgores.

Los astronautas miraban el paisaje, se miraban entre sí y se mantenían separados, desconfiando el uno del otro.

Cuando llegó la noche se hizo un extraño silencio alrededor. La Tierra brillaba en el cielo como si fuera una estrella lejana.

Los astronautas se sentían tristes y perdidos, y el norteamericano, en medio de la oscuridad, llamó a su mamá.

Dijo: "Mamie".
 

Y el ruso dijo: "Mama"
 

Y el negro dijo: "Mbamba"

Pero enseguida entendieron que estaban diciendo lo mismo y que tenían los mismos sentimientos. Entonces se sonrieron, se acercaron, encendieron juntos una linda fogatita, y cada uno cantó las canciones de su país. Con esto recobraron el coraje y, esperando la mañana, aprendieron a conocerse.

Por fin llegó la mañana y hacía mucho frío. De repente, de un bosquecito salió un marciano. ¡Era realmente horrible verlo! Todo verde, tenía dos antenas en lugar de orejas, una trompa y seis brazos.

Los miró y dijo: "grrrrr".

En su idioma quería decir: "¡Madre mía!, ¿Quiénes son estos seres tan horribles?".

Pero los terráqueos no lo entendieron y creyeron que ése era un grito de guerra.

Era tan distinto a ellos que no podían entenderlo y amarlo.

Enseguida se pusieron de acuerdo y se declararon contra él.

Frente a ese monstruo sus pequeñas diferencias desaparecían. ¿Qué importaba que uno tuviera la piel negra y los otros la tuvieran blanca?

Entendieron que los tres eran seres humanos.

El otro no. Era demasiado feo y los terráqueos pensaban que era tan feo que debía ser malo.

Por eso decidieron matarlo con sus desintegradores atómicos.

Pero de repente, en el gran hielo de la mañana, un pajarito marciano, que evidentemente se había escapado del nido, cayó al suelo temblando de frío y de miedo.

Piaba desesperado, más o menos como un pájaro terráqueo. Daba mucha pena. El norteamericano, el ruso y el negro lo miraron y no supieron contener una lágrima de compasión.
 

Y en ese momento ocurrió un hecho que no esperaban. También el marciano se acercó al pajarito, lo miró, y dejó escapar dos columnas de humo de su trompa. Y los terráqueos, entonces; comprendieron que el marciano estaba llorando. A su modo, como lo hacen los marcianos.

Luego vieron que se inclinaba sobre el pajarito y lo levantaba entre sus seis brazos tratando de darle calor.

El negro que en sus tiempos había sido perseguido por su piel negra sabía cómo eran las cosas. Se volvió hacia sus dos amigos terráqueos:
 

-¿Entendieron? –dijo-. ¡Creíamos que este monstruo era diferente a nosotros y, en cambio, también él ama los animales, sabe conmoverse, tiene corazón y, sin duda, cerebro también! ¿Todavía creen que tenemos que matarlo?

Se sintieron avergonzados ante esa pregunta.

Los terráqueos ya habían entendido la lección: no es suficiente que dos criaturas sean diferentes para que deban ser enemigas.

Por eso se aproximaron al marciano y le tendieron la mano.
 

Y él, que tenía seis manos, estrechó de una sola vez las de ellos tres, mientras con las que tenía libres hacía gestos de saludo.
 

Y señalando con el dedo la Tierra, ahí abajo en el cielo, hizo entender que quería hacer conocer a los demás habitantes y estudiar junto a ellos la forma de fundar una gran república espacial en la que todos estuvieran de acuerdo y se quisieran.

Los terráqueos dijeron que sí muy contentos.
 

Y para festejar el acontecimiento le ofrecieron un cigarrillo. El marciano muy feliz se lo metió en la nariz y empezó a fumar. Pero ya los terráqueos no se escandalizaban más.

Habían entendido que en la Tierra como en los otros planetas, cada uno tiene sus propias costumbres y que sólo es cuestión de comprenderse entre todos.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Culminando año cuentero


Cerrando el año de cuentos en Sexto Año de escuela 3.



Me regalaron un cuento de Galeano. Gracias.




Una taza llena de cariño para la colección.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Mayo. Mes del Libro 2015. Día 13

Vamos a leer un cuento de Gianni Rodari 


A jugar con el bastón


Un día el pequeño Claudio jugaba en el zaguán, y por la calle pasó un hermoso anciano con los lentes de oro, que caminaba encorvado, apoyándose en un bastón, y precisamente delante del portón se le cayó el bastón.
                   
Claudio fue presuroso a recogérselo y se lo dio al viejo, que le sonrió y dijo:
                   
 - Gracias, pero no me sirve. Puedo caminar muy bien sin él. Si te gusta, tenlo.
                   
 Y sin esperar respuesta se alejó, y parecía menos encorvado que antes.
                   
 Claudio permaneció allí con el bastón entre las manos y no sabía qué hacer.
                   
 Era un bastón común de madera, con el mango curvo y la punta de hierro, y no se notaba nada más especial. Claudio golpeó dos o tres veces la punta en el suelo, después, casi sin pensarlo montó a horcajadas el bastón y he aquí que no era más un bastón, sino un caballo, un maravilloso potro negro con una estrella blanca en la frente, que se lanzó al galope alrededor del patio, relinchando y haciendo salir centellas de los guijarros.
 Cuando Claudio, un poco maravillado y un poco asustado, logró poner el pie en el suelo, el bastón era nuevamente un bastón, y no tenía cascos sino una sencilla punta oxidada, ni crines de caballo, sino el mismo mango encorvado.
- Quiero probar de nuevo -dijo Claudio, cuando logró recobrar el aliento.
 Montó de nuevo el bastón, y esta vez no fue un caballo, sino un solemne camello con dos jorobas y el patio era un inmenso desierto para atravesar, pero Claudio no tenía miedo y observaba desde lejos, para ver aparecer el oasis.
“Ciertamente es un bastón encantado”, se dijo Claudio, montándolo por tercera vez.
 Ahora era un automóvil de carreras, todo rojo con el número escrito en blanco sobre el capó, y el patio una pista ruidosa, y Claudio llegaba siempre el primero a la meta.
Después, el bastón fue una motonave y el patio un lago con aguas tranquilas y verdes, y después una nave espacial que surcaba los espacios, dejando tras de sí una estela de estrellas.
 Cada vez que Claudio ponía el pie en tierra el bastón tomaba su aspecto pacífico, el mango lúcido, el viejo herrete. La tarde pasó rápida entre aquellos juegos.
 Hacia la noche Claudio se asomó hacia la carretera, y he aquí que ve al viejo con los lentes de oro.
 Claudio lo observó con curiosidad, pero no pudo ver en él nada de especial: era un viejo señor
cualquiera, un poco cansado por el paseo.
 -¿Te gusta el bastón?, preguntó sonriendo a Claudio. Claudio creyó que se lo pedía, y se lo alargó, enrojecido. Pero el viejo hizo señal de que no.
 -Tenlo, tenlo, dijo. ¿Qué hago yo con un bastón? Tú puedes volar, yo sólo podré apoyarme. Me apoyaré en el muro y será lo mismo.
Y se fue sonriendo, porque no hay persona más feliz que el viejo que puede regalar alguna cosa a  un niño.

domingo, 10 de mayo de 2015

Mayo. Mes del Libro 2015. Día 10



Sin desperdicio! Tiene que ver con elecciones y con lecturas.


El cuento de las elecciones

Érase una vez que se celebraron elecciones a la presidencia de Chorrivía. La gente estaba muy ilusionada, porque era la primera vez, y ya se sabe. Así que se preparó una gran campaña electoral, los partidos salieron a la calle a dar cientos de mítines, se tiró confeti, y el presidente en funciones dio un emotivo discurso:

- ¡Chorrivianos! ¡Este es un momento histórico en la historia de nuestra patria! ¡Por primera vez tenemos el derecho y el privilegio de elegir a nuestros representantes! ¡Somos totalmente libres para decidir quién guiará los destinos de nuestro país! ¡Os pido que ejerzamos este derecho con responsabilidad!

Y llegó el día de las elecciones, y los chorrivianos fueron en masa a votar. Cuando se cerraron las votaciones, y como era un momento histórico, el presidente en funciones hizo acto de presencia en un céntrico colegio electoral.

- ¡Chorrivianos! ¡En este momento histórico y solemne, vamos a proceder a la apertura de la primera urna y al recuento de los primeros votos de la historia de nuestra joven democracia!

La sala estaba abarrotada. Prensa, televisión, ciudadanía, de todo. El presidente en funciones dijo:

- ¡Procédase a la apertura de la urna!

Así se hizo, y el presidente en funciones introdujo su mano en la misma, y dijo:

- ¡Aquí extraigo el primer voto! ¡Quede para la posteridad este momento! Veamos, el voto es para…¿eh? ¿qué pone aquí?, “mi hermano Paquito, que hizo Ciencias Econoflaúticas y es buena persona”. ¿Pero qué es esto? Bueno, señores, no pasa nada, sacaré otro y esto será mera anécdota, je, je. A ver, éste…¡será posible! “A doña Conchádula, la del estanco, que es muy responsable”. ¿Qué está pasando aquí?

Presa de los nervios, el presidente en funciones empezó a sacar votos a toda velocidad.

- “A Serafín Cascarilla, que le conozco hace muchos años y es de fiar” ¡Grrr! “A Centrudis Tabernas, que tiene mucha paciencia” ¡GRRR! “A mi perro, que ese siempre te será fiel”. ¡Pero qué burrada de elecciones son estas! ¡Esto es un sabotaje democrático!
- Pero, señor presidente en funciones, - dijo un ciudadano presente en la sala - ¿Qué le pasa? ¿No teníamos libertad para votar a quién quisiéramos?
- ¡A los que quisieran entre los candidatos que presentan los partidos, ceporro, no al vecino del quinto!
- Pero es que los candidatos de los partidos no nos gustan – dijo otro ciudadano.
- Son muy feos – añadió una señora.
- ¿Es que no entienden que son libres de elegir, pero entre los candidatos de los partidos, merluzos? ¡Esto es una democracia representativa!
- Pero, señor presidente en funciones, entonces no seríamos libres de elegir, como usted nos prometió – dijeron los ciudadanos - ¿Elegir a un candidato que otros eligieron antes por mí, por una razón u otra, es ser libre para decidir quién quiero que me gobierne? ¿Por qué tengo que votar a un candidato que fue elegido por otra persona? ¿Cómo sé quién es ese señor o por qué razón está ahí? Nos dijo que podríamos votar a quien nos diera la gana, y es lo que hemos hecho.
- ¡Será posible! – dijo el presidente en funciones - ¡Ustedes han estado leyendo! ¡Ya sabía yo que ese vicio traería malas consecuencias! Venga, hombre, no sean así, que los partidos han elegido sus candidatos con mucho cariño, no les den este disgusto.
- De eso, nada – dijeron los ciudadanos – Nos dijo que votáramos con responsabilidad, y es lo que hemos hecho. Así que, hale, a contar.

Y es por esto que Chorrivía no sale en los mapas.
...

Mayo. Mes del Libro 2015. Día 8

Me lo compartió Rosa, hace un tiempo.

Lectura e ideología
El colectivo en el que viajábamos se paró por un embotellamiento frente a la “casita” a la intemperie. Pudimos ver durante un rato a un hombre muy concentrado leyendo un libro y tomando mate, sentado en un banquito.
Un matrimonio mayor venía sentado delante de mí en el colectivo.
La señora tomó la palabra y desgranó casi sin respirar:
- Mirá, como pueden permitir eso, afean tanto un edificio público, además no hacen nada en todo el día, están ahí sentados leyendo. Son un foco de infección en medio de la basura.
El tono subía y subía
-La policía debiera hacer algo, qué derecho tienen a ensuciarnos las calles! Hay que sacarlos de allí.
La señora cesó en su monólogo y el silencio fue pesado.
De pronto una vocesita desde atrás:
-¿Lo van a echar al señod?
Y el padre contestó
- Mirá no tiene casa, pobre señor.
-¿Pod qué no tiene casa, pobre señod?
- Estará sin trabajo el pobre señor…
-Tiene una cama en el suelo, pobre señod..
- Hizo su casa en la calle, pobre señor…
- Es un señor pobe, pobe señod.
-Sí, es un señor pobre, está leyendo. No es un pobre señor.
La construcción del camino lector / Laura Devetach. – Córdoba: Comunicarte, 2009

viernes, 8 de agosto de 2014

6 y 9 de Agosto

MIL GRULLAS  De Elsa Bornemann

Naomi Watanabe y Toshiro Ueda creían que el mundo era nuevo. Como todos los
chicos. Porque ellos eran nuevos en el mundo. También, como todos los chicos. Pero el
mundo era ya muy viejo entonces, en el año 1945, y otra vez estaba en guerra. Naomi y
Toshiro no entendían muy bien que era lo que estaba pasando.
Desde que ambos recordaban, sus pequeñas vidas en la ciudad japonesa de Hiroshima se
habían desarrollado del mismo modo: en un clima de sobresaltos, entre adultos callados
y tristes, compartiendo con ellos los escasos granos de arroz que flotaban en la sopa
diaria y el miedo que apretaba las reuniones familiares de cada anochecer en torno a las
noticias de la radio, que hablaban de luchas y muerte por todas partes. Sin embargo,
creían que el mundo era nuevo y esperaban ansiosos cada día para descubrirlo.
¡Ah…y también se estaban descubriendo uno al otro!
Se contemplaban de reojo durante la caminata hacia la escuela, cuando suponían que sus
miradas levantaban murallas y nadie más que ellos podrían transitar ese imaginario
senderito de ojos a ojos.
Apenas si habían intercambiado algunas frases. El afecto de los dos no buscaba las
palabras. Estaban tan acostumbrados al silencio…
Pero Naomi, sabía que quería a ese muchacho delgado, que más de una vez se quedaba
sin almorzar para darle a ella la ración de batatas de había traído de su casa.
-No tengo hambre-le mentía Toshiro, cuando veía a la niña apenas si tenía dos o tres
galletitas para pasar el mediodía. - Te dejo mi vianda - y se iba a corretear con sus
compañeros hasta la hora de regreso a las aulas, para que Naomi no tuviera vergüenza
de devorar la ración.
Naomi… Poblaba el corazón de Toshiro. Se le anudaba en los sueños con sus largas
trenzas negras. Le hacía tener ganas de crecer de golpe para poder casarse con ella. Pero
ese futuro quedaba tan lejos aún…
El futuro inmediato de aquella primavera de 1945 fue el verano, que llego puntualmente
el 21 de junio y anunció las vacaciones escolares.
Y con la misma intensidad con que otras veces habían esperado sus soleadas mañanas,
ese año los ensombreció a los dos: ni Naomi ni Toshiro deseaban que empezara. Su
comienzo significaba que dejar de verse durante un mes y medio inacabable.
A pesar de que sus casas no quedaban demasiado lejos un de la otra, sus familias no se
conocían. Ni siquiera tenían entonces la posibilidad de encontrarse en alguna visita.
Había que esperar pacientemente la reanudación de las clases.
 Acabó junio y Toshiro arrancó contento la hoja del almanaque.
Se fue julio y Naomi arrancó contenta la hoja del almanaque.
Y aunque no lo supieran ¡Por fin llegó agosto!-pensaron los dos al mismo tiempo.
Fue justamente el primero de esos cuando Toshiro viajó, junto con sus padres, hacia la
aldea de Miyashima. Iban a pasar una semana. Allí vivían los abuelos, dos ceramistas
que veían apilarse vasijas en todos los rincones del local.
Ya no vendían nada. No obstante, sus manos viejas seguían modelando la arcilla con la
misma dedicación de otras épocas. –Para cuando termine la guerra… -decía el abuelo.-
Todo acaba algún día... – comentaba la abuela por lo bajo. Y Toshiro se sentía que la
paz debería ser algo muy hermoso, porque los ojos de sus madres parecían aclararse
fugazmente cada vez que se referían al fin de la guerra, tal como a el se le aclaraban los
suyo cuando recordaba a Naomi.
¿Y Naomi?
El primero de agosto se despertó inquieta; acababa de soñar que caminaba, sobre la
nieve. Sola. Descalza. Ni casas ni árboles a su alrededor. Un desierto helado y ella
atravesándolo.
Abandonó el tatami, se deslizo de puntillas entre sus dormidos hermanos y abrió la
ventana de la habitación. ¡Qué alivio!
Una cálida madrugada le rozo las mejillas. Ella le devolvió un suspiro.
El dos y tres de agosto escribió, trabajosamente, sus primeros haikus.

Lento se apaga
El verano.
Enciendo lámparas y sonrisas.

Pronto
Florecerán los crisantemos.
Espera,
Corazón.

Después, achicó en rollitos ambos papeles y los guardó dentro de una cajita de laca en la
que escondía sus pequeños tesoros de curiosidad de sus hermanos.
El cuatro y cinco de agosto se los pasó ayudando a su madre y a las tías. ¡Era tanta la
ropa para remendar! Sin embargo, esa tarea no le disgustaba.
Naomi siempre sabía hallar el modo de convertir en un juego entretenido lo que acaso
resultaba aburridísimas para otras chicas. Cuando cosía, por ejemplo, imaginaba que
cada doscientas veintidós puntadas podía sujetar el deseo para que se cumpliese.
La aguja iba y venía, laboriosa. Así, quedó el pantalón de su hermano menor el ruego de
que finalizara enseguida esa espantosa guerra, y en los puños de la camisa de papá, el
pedio de que Toshiro no la olvidara nunca…
Y los dos deseos se cumplieron.
Pero el mundo tenía sus propios planes… Ocho de la mañana seis de agosto en el cielo de Hiroshima.
Naomi se ajusta su obi de su kimono y recuerda a su amigo: -¿Qué estará haciendo
ahora?
“Ahora”, Toshiro pesca en la isla mientras se pregunta: -¿Qué estará haciendo Naomi?
En el mismo momento, un avión enemigo sobrevuela el cielo de Hiroshima.
En el avión, hombres blancos que pulsan botones y la bomba atómica surca por primera
vez en el cielo. El cielo de Hiroshima.
Un repentino resplandor ilumina extrañamente la cuidad.
En ella, una mamá amanta a su hijo por última vez.
Dos viejos trenzan bambúes por última vez.
Una docena de chicos canturrea: “Donguri Koro Koro- Donguri Ko…” por última vez.
Cientos de mujeres repiten sus gestos habituales por última vez.
Miles de hombres piensan en mañana por última vez.
Naomi sale para hacer unos mandados.
Silenciosa explota la bomba. Hierven, de repente, las aguas del río.
Y medio millón de japoneses, medio millón de seres humanos, se desintegraron esta
mañana. Y con ellos desaparecen edificios, árboles, calles, animales, puentes y el paso
de Hiroshima.
Ya ninguno de los sobrevivientes podrá volver a reflejarse en el mismo espejo, ni abrir
nuevamente la puerta de su casa, ni retomar ningún camino requerido.
Nadie será ya quien era.
Hiroshima arrasada por un hongo atómico.
Hiroshima es el sol, ese seis de agosto de 1945. Un sol estallando.
Recién en diciembre logro Toshiro averiguar donde estaba Naomi ¡Y que aún estaba
viva, Dios!
Ella y su familia, internados en el hospital ubicado en la localidad próxima de
Hiroshima. Como tantos otros cientos de miles que también había sobrevivido al horror,
aunque el horror estuviera ahora instalado dentro de ellos, en sus misma sangre.
Y hacia ese hospital marchó Toshiro una mañana.
El invierno insinuaba ya en el aire y el muchacho no sabia si era el frío exterior o sus
pensamiento lo que le hacia tiritar.
Naomi se hallaba en una cama situada junto a la ventana. De cara al techo. Con los ojos
abiertos y la mirada inmóvil. Ya no tenía sus trenzas. Apenas una tenue pelusita oscura.
Sobra su mesa de luz, unas cuantas grullas de papel desparramadas.
-Voy a morirme, Toshiro… -susurró, no bien sus amigo no se paró, en silencio, al lado
de su cama. –Nunca llegare a plegar las mil grullas que hacen falta…
Mil grullas… o Semba-Tsuru, como se dice en japonés.
Con el corazón encogido, Toshiro contó las que se hallaban dispersas sobre la mesita.
Sólo veinte. Después, las juntó cuidadosamente en un bolsillo de su chaqueta.
-Te vas a curar, Naomi- le dijo entonces, pero su amiga no lo oía ya: se había quedado
dormida. El muchachito salió del hospital, bebiéndose lágrimas.
Ni la madre, ni el padre, ni los tíos de Toshiro (en cuya casa se encontraban
temporariamente alojados) entendieron aquella noche el porqué de la misteriosa
desaparición de casi todos los papeles que, hasta ese día, había habido allí.
Hojas de diarios, pedazos de papel para envolver, viejos cuadernos y hasta algunos
libros parecían haberse esfumado mágicamente. Pero ya era tarde para preguntar. Todos
los mayores se durmieron, sorprendidos.
En la habitación que compartía con sus primos, Toshiro velaba entre sombras. Esperó
hasta que tuvo la certeza de que nadie más que él continuaba despierto. Entonces, se
incorporó con sigilo y abrió el armario donde se solían acomodar las mantas.
Mordiéndose la punta de la lengua, extrajo la pila de papeles que había recolectado en
secreto y volvió a su lecho.
La tijera llevaba oculta entre sus ropas.
Y así, en el silencio y la oscuridad de aquellas horas, Toshiro recorto primero
novecientos ochenta cuadraditos y luego los plegó, uno por uno, hasta completar las mil
grullas que ansiaba Naomi, tras sumarles las que ella misma había hecho. Ya amanecía.
El muchacho se encontraba pasando hilos a través de de la silueta de papel. Separó en
grupos de diez frágiles grullas del milagro y las aprestó para que imitaran el vuelo,
suspendidas como estaban de un leve hilo de coser, una encima de la otra.
Con los dedos paspados y el corazón temblando, Toshiro colocó las cien tiras de su
furoshiki y partió rumbo al hospital antes de que su familia se despertara. Por esa única
vez, tomó sin pedir permiso la bicicleta de su primo.
No había tiempo perder. Imposible recorrer a pie, como el día anterior, los kilómetros
que lo separaban del hospital. La vida de Naomi dependía de esas grullas.
-Prohibidas las visitas a esta hora- le dijo una enfermera, impidiéndole el acceso a la
enorme sala de uno de cuyos extremos estaba la cama de su querida amiga.
Toshiro insistió: -Sólo o quiero colgar estas grullas sobre sus lecho. Por favor…
Ningún gesto denunció la emoción de la enfermera cuando el chico le mostró las
avecitas de papel. Con la misma impasibilidad con que momentos antes le había cerrado
el paso, se hizo a un lado y le permitió que entrara: -Pero cinco minutos, ¿eh?
Naomi dormía.
Tratando de no hacer el mínimo ruidito, Toshiro puso en su silla sobre la mesa de luz
luego se subió.
Tuvo que estirarse a más no poder para alcanzar el cielo raso. Pero lo alcanzó. Y en un
rato estaba las mil grullas pendiendo del techo; los cien hilos entrelazados, firmemente
sujetos con alfileres.
Fue al bajarse que su improvisada escalera advirtió que Naomi los estaba observando.
Tenía la cabecita echada hacia un lado y una sonrisa en los ojos.
-Son hermosas, Toshi-Chan… Gracias… -Hay un millar. Son tuyas, Naomi. Tuyas -y el muchacho abandonó la sala sin darse cuenta.
En la luminosidad del mediodía que ahora ocupaba todo el recinto, mil grullas
empezaron a balancearse impulsadas por el viento que la enfermera también dejó colar,
al entreabrir por unos instantes la ventana.
Los ojos de Naomi seguían sonriendo.
La niña murió al día siguiente. Un ángel a la intemperie frente a la impiedad de los
adultos ¿Cómo podían mil frágiles avecitas de papel vencer el horror instalado en su
sangre?
Febrero de 1976.
Toshiro Ueda cumplió cuarenta y dos años y vive en Inglaterra. Se casó, tiene tres hijos
y es gerente de sucursal de un banco establecido en Londres.
Serio y poco comunicativo como es, ninguno de sus empleados se atreve a preguntarle
por qué, entre el aluvión de papeles con importantes informes y mensajes telegráficos
que habitualmente se juntan sobre su escritorio, siempre se encuentran algunas grullas
de origami dispersas al azar.
Grullas seguramente hechas por él, pero en algún momento en que nadie consigue
sorprenderlo.
Grullas desplegando alas en las que se descubren las cifras de la máquina de calcular.
Grullas surgidas de servilletitas con impresos de los más sofisticados restaurantes…
Grullas y más grullas.
Y los empleados comentan, divertidos, que el gerente debe creer en aquella superstición
japonesa.
-Algún día completara las mil…-cuchicheaban entre risas-. ¿Se animará entonces a
colgarlas sobre su escritorio?
Ninguno sospecha, siquiera, la entrañable relación que esas grullas tienen con la perdida
de Hiroshima de su niñez. Con su perdido amor primero.


Extraído de No somos irrompibles, doce cuentos de chicos enamorados.

martes, 10 de junio de 2014

Y si leemos?

Este cuento lo tomé de la web hace un tiempo y no recuerdo el lugar. Pido las disculpas del caso.

EL REY BÚHO

Hace mucho tiempo, los pájaros eran mucho más sabios que los hombres y no
necesitaban que los gobernasen ni reyes ni ministros. Ni siquiera el Consejo de
Pájaros se preocupaba de promulgar leyes y, durante las reuniones, se contaban
una historia tras otra y hablaban de quien había nacido, de quien había muerto o
de los pajarillos que se habían quedado huérfanos. Se preocupaban de cosas mucho
más importantes que de órdenes o prohibiciones. Los pájaros vivían bajo la sabia
ley del amor y la amistad. No conocían ni el odio ni la ira. Pero, un día,  un
hombre malvado llegó a su reino. Miró a su alrededor y sintió envidia de la
felicidad de los pájaros.
-¿ Por qué no te pones a la cabeza de los demás? -preguntó al pavo-. Eres sin
duda el más bello. El pavo se sintió muy halagado.
-¿ Por qué eres amigo de la humilde codorniz? -preguntó el hombre al águila-.
¡Con lo noble y fuerte que tú eres! ¡Bajando en picado desde lo alto,
conseguirías abrirle la cabeza con tu fuerte pico!
Entonces el águila se infló tanto de orgullo que agarró el nido de la codorniz
con sus afiladas garras y lo destruyó. Así, poco a poco, pero con éxito, aquel
hombre malvado fue esparciendo la semilla de la discordia entre los pájaros.
Muy pronto en el reino de los pájaros solo hubo desorden. Los pájaros se
peleaban, se insultaban, se gritaban. Al final, los más fuertes empezaron a
perseguir a los más débiles. Cada uno estaba orgulloso de su especie y no se
preocupaba de los demás.
"No podemos continuar de esta forma", se dijo un día el minúsculo colibrí, y
convoco a una reunión de todos los pájaros más pequeños. Todos juntos se
dirigieron volando a la cima de la montaña donde el águila tenia su nido.
- ¡Queremos justicia! - gritaron-. Eres la más fuerte y debes ponerte a la
cabeza de los pájaros obligándoles a no hacerse mas daño.
El águila, halagada por la elección, se dispuso a tomar rápidamente el cetro.
Pero el hombre malvado le dijo:
-Águila eres tonta. Un rey solo es esclavo de sus súbditos. Siempre debe estar
pendiente de su bienestar, de resolver sus ridículos litigios y proteger a los
débiles de los fuertes. Deberíais elegir rey al búho, tiene unos ojos preciosos
porque ve de noche, pero de día, cuando los demás pájaros vuelan felices bajo el
esplendor del sol, el búho está completamente ciego. No se entrometerá en
vuestros asuntos y cada cual hará lo que más le plazca.
El águila decidió que era buena idea y el búho se convirtió en el rey de los
pájaros. Rey búho duerme de día y, de noche, cuando los demás están acurrucados
en sus nidos, ejerce su poder. Y así, hasta hoy, todavía no hay paz entre los

pájaros.