jueves, 17 de mayo de 2012

Mayo. Mes del Libro. Día 17


La Cenicienta Versión de los Hermanos Grimm

Érase una mujer, casada con un hombre muy rico, que enfermó, y, presintiendo su próximo fin, llamó a su única hijita y le dijo: “Hija mía, sigue siendo siempre buena y piadosa, y el buen Dios no te abandonará. Yo velaré por ti desde el cielo, y me tendrás siempre a tu lado.” Y, cerrando los ojos, murió. La muchachita iba todos los días a la tumba de su madre a llorar, y siguió siendo buena y piadosa. Al llegar el invierno, la nieve cubrió de un blanco manto la sepultura, y cuando el sol de primavera la hubo derretido, el padre de la niña contrajo nuevo matrimonio.

La segunda mujer llevó a casa dos hijas, de rostro bello y blanca tez, pero negras y malvadas de corazón. Vinieron entonces días muy duros para la pobrecita huérfana. 
“¿Esta estúpida tiene que estar en la sala con nosotras?” decían las recién llegadas.
 “Si quiere comer pan, que se lo gane. ¡Fuera, a la cocina!” Le quitaron sus hermosos vestidos, le pusieron una blusa vieja y le dieron un par de zuecos para calzado:
 “¡Mira la orgullosa princesa, qué compuesta!” Y, burlándose de ella, la llevaron a la cocina. Allí tenía que pasar el día entero ocupada en duros trabajos. Se levantaba de madrugada, iba por agua, encendía el fuego, preparaba la comida, lavaba la ropa. Y, por añadidura, sus hermanastras la sometían a todas las mortificaciones imaginables; se burlaban de ella, le esparcían, entre la ceniza, los guisantes y las lentejas, para que tuviera que pasarse horas recogiéndolas. A la noche, rendida como estaba de tanto trabajar, en vez de acostarse en una cama tenía que hacerlo en las cenizas del hogar. Y como por este motivo iba siempre polvorienta y sucia, la llamaban Cenicienta.

Un día en que el padre se disponía a ir a la feria, preguntó a sus dos hijastras qué deseaban que les trajese.
 “Hermosos vestidos,” respondió una de ellas.
 “Perlas y piedras preciosas,” dijo la otra. “
¿Y tú, Cenicienta,” preguntó, “qué quieres?”
 - “Padre, corta la primera ramita que toque el sombrero, cuando regreses, y tráemela.” 

Compró el hombre para sus hijastras magníficos vestidos, perlas y piedras preciosas; de vuelta, al atravesar un bosquecillo, un brote de avellano le hizo caer el sombrero, y él lo cortó y se lo llevó consigo. Llegado a casa, dio a sus hijastras lo que habían pedido, y a Cenicienta, el brote de avellano. La muchacha le dio las gracias, y se fue con la rama a la tumba de su madre, allí la plantó, regándola con sus lágrimas, y el brote creció, convirtiéndose en un hermoso árbol. Cenicienta iba allí tres veces al día, a llorar y rezar, y siempre encontraba un pajarillo blanco posado en una rama; un pajarillo que, cuando la niña le pedía algo, se lo echaba desde arriba.

Sucedió que el Rey organizó unas fiestas, que debían durar tres días, y a las que fueron invitadas todas las doncellas bonitas del país, para que el príncipe heredero eligiese entre ellas una esposa. Al enterarse las dos hermanastras que también ellas figuraban en la lista, se pusieron muy contentas. Llamaron a Cenicienta, y le dijeron: “Péinanos, cepíllanos bien los zapatos y abróchanos las hebillas; vamos a la fiesta de palacio.” Cenicienta obedeció, aunque llorando, pues también ella hubiera querido ir al baile, y, así, rogó a su madrastra que se lo permitiese. “¿Tú, la Cenicienta, cubierta de polvo y porquería, pretendes ir a la fiesta? No tienes vestido ni zapatos, ¿y quieres bailar?” Pero al insistir la muchacha en sus súplicas, la mujer le dijo, finalmente: “Te he echado un plato de lentejas en la ceniza, si las recoges en dos horas, te dejaré ir.” La muchachita, saliendo por la puerta trasera, se fue al jardín y exclamó: 

“¡Palomitas mansas, tortolillas
 y avecillas todas del cielo, 
vengan a ayudarme a recoger lentejas!:

Las buenas, en el pucherito;
las malas, en el buchecito.”


Y acudieron a la ventana de la cocina dos palomitas blancas, luego las tortolillas y, finalmente, comparecieron, bulliciosas y presurosas, todas las avecillas del cielo y se posaron en la ceniza. Y las palomitas, bajando las cabecitas, empezaron: pic, pic, pic, pic; y luego todas las demás las imitaron: pic, pic, pic, pic, y en un santiamén todos los granos buenos estuvieron en la fuente. No había transcurrido ni una hora cuando, terminado el trabajo, echaron a volar y desaparecieron. La muchacha llevó la fuente a su madrastra, contenta porque creía que la permitirían ir a la fiesta, pero la vieja le dijo: “No, Cenicienta, no tienes vestidos y no puedes bailar. Todos se burlarían de ti.” Y como la pobre rompiera a llorar: “Si en una hora eres capaz de limpiar dos fuentes llenas de lentejas que echaré en la ceniza, te permitiré que vayas.” Y pensaba: “Jamás podrá hacerlo.” Pero cuando las lentejas estuvieron en la ceniza, la doncella salió al jardín por la puerta trasera y gritó: 

“¡Palomitas mansas, tortolillas 
y avecillas todas del cielo,
 vengan a ayudarme a limpiar lentejas!:
Las buenas, en el pucherito;
las malas, en el buchecito.”


Y enseguida acudieron a la ventana de la cocina dos palomitas blancas y luego las tortolillas, y, finalmente, comparecieron, bulliciosas y presurosas, todas las avecillas del cielo y se posaron en la ceniza. Y las palomitas, bajando las cabecitas, empezaron: pic, pic, pic, pic; y luego todas las demás las imitaron: pic, pic, pic, pic, echando todos los granos buenos en las fuentes. No había transcurrido aún media hora cuando, terminada ya su tarea, emprendieron todas el vuelo. La muchacha llevó las fuentes a su madrastra, pensando que aquella vez le permitiría ir a la fiesta. Pero la mujer le dijo: “Todo es inútil; no vendrás, pues no tienes vestidos ni sabes bailar. Serías nuestra vergüenza.” Y, volviéndole la espalda, partió apresuradamente con sus dos orgullosas hijas.

No habiendo ya nadie en casa, Cenicienta se encaminó a la tumba de su madre, bajo el avellano, y suplicó:

“¡Arbolito, sacude tus ramas frondosas,
y échame oro y plata y más cosas!”


Y he aquí que el pájaro le echó un vestido bordado en plata y oro, y unas zapatillas con adornos de seda y plata. Se vistió a toda prisa y corrió a palacio, donde su madrastra y hermanastras no la reconocieron, y, al verla tan ricamente ataviada, la tomaron por una princesa extranjera. Ni por un momento se les ocurrió pensar en Cenicienta, a quien creían en su cocina, sucia y buscando lentejas en la ceniza. El príncipe salió a recibirla, y tomándola de la mano, bailó con ella. Y es el caso que no quiso bailar con ninguna otra ni la soltó de la mano, y cada vez que se acercaba otra muchacha a invitarlo, se negaba diciendo: “Ésta es mi pareja.”

Al anochecer, Cenicienta quiso volver a su casa, y el príncipe le dijo: “Te acompañaré,” deseoso de saber de dónde era la bella muchacha. Pero ella se le escapó, y se encaramó de un salto al palomar. El príncipe aguardó a que llegase su padre, y le dijo que la doncella forastera se había escondido en el palomar. Entonces pensó el viejo: ¿Será la Cenicienta? Y, pidiendo que le trajesen un hacha y un pico, se puso a derribar el palomar. Pero en su interior no había nadie. Y cuando todos llegaron a casa, encontraron a Cenicienta entre la ceniza, cubierta con sus sucias ropas, mientras un candil de aceite ardía en la chimenea; pues la muchacha se había dado buena maña en saltar por detrás del palomar y correr hasta el avellano; allí se quitó sus hermosos vestidos, y los depositó sobre la tumba, donde el pajarillo se encargó de recogerlos. Y enseguida se volvió a la cocina, vestida con su sucia batita.

Al día siguiente, a la hora de volver a empezar la fiesta, cuando los padres y las hermanastras se hubieron marchado, la muchacha se dirigió al avellano y le dijo:


“¡Arbolito, sacude tus ramas frondosas,
y échame oro y plata y, más cosas!”


El pajarillo le envió un vestido mucho más espléndido aún que el de la víspera; y al presentarse ella en palacio tan magníficamente ataviada, todos los presentes se pasmaron ante su belleza. El hijo del Rey, que la había estado aguardando, la tomó nmediatamente de la mano y sólo bailó con ella. A las demás que fueron a solicitarlo, les respondía: “Ésta es mi pareja.” Al anochecer, cuando la muchacha quiso retirarse, el príncipe la siguió, para ver a qué casa se dirigía; pero ella desapareció de un brinco en el jardín de detrás de la suya. Crecía en él un grande y hermoso peral, del que colgaban peras magníficas. Se subió ella a la copa con la ligereza de una ardilla, saltando entre las ramas, y el príncipe la perdió de vista. El joven aguardó la llegada del padre, y le dijo: “La joven forastera se me ha escapado; creo que se subió al peral.” Pensó el padre: ¿Será la Cenicienta? Y, tomando un hacha, derribó el árbol, pero nadie apareció en la copa. Y cuando entraron en la cocina, allí estaba Cenicienta entre las cenizas, como tenía por costumbre, pues había saltado al suelo por el lado opuesto del árbol, y, después de devolver los hermosos vestidos al pájaro del avellano, volvió a ponerse su batita gris.

El tercer día, en cuanto se hubieron marchado los demás, volvió Cenicienta a la tumba de su madre y suplicó al arbolillo:


“¡Arbolito, sacude tus ramas frondosas,
y échame oro y plata y más cosas!”


Y el pájaro le echó un vestido soberbio y brillante como jamás se viera otro en el mundo, con unos zapatitos de oro puro. Cuando se presentó a la fiesta, todos los concurrentes se quedaron boquiabiertos de admiración. El hijo del Rey bailó exclusivamente con ella, y a todas las que iban a solicitarlo les respondía: “Ésta es mi pareja.”

Al anochecer se despidió Cenicienta. El hijo del Rey quiso acompañarla; pero ella se escapó con tanta rapidez, que su admirador no pudo darle alcance. Pero esta vez recurrió a una trampa: mandó embadurnar con pez las escaleras de palacio, por lo cual, al saltar la muchacha los peldaños, se le quedó la zapatilla izquierda adherida a uno de ellos. Recogió el príncipe la zapatilla, y observó que era diminuta, graciosa, y toda ella de oro. A la mañana siguiente se presentó en casa del hombre y le dijo: 
“Mi esposa será aquella cuyo pie se ajuste a este zapato.” 
Las dos hermanastras se alegraron, pues ambas tenían los pies muy lindos. La mayor fue a su cuarto para probarse la zapatilla, acompañada de su madre. Pero no había modo de introducir el dedo gordo; y al ver que la zapatilla era demasiado pequeña, la madre, alargándole un cuchillo, le dijo: “¡Córtate el dedo! Cuando seas reina, no tendrás necesidad de andar a pie.” Lo hizo así la muchacha; forzó el pie en el zapato y, reprimiendo el dolor, se presentó al príncipe. Él la hizo montar en su caballo y se marchó con ella. Pero hubieron de pasar por delante de la tumba, y dos palomitas que estaban posadas en el avellano gritaron:


“Ruke di guk, ruke di guk;
sangre hay en el zapato.
El zapato no le va,
La novia verdadera en casa está.”


Miró el príncipe el pie y vio que de él fluía sangre. Hizo dar media vuelta al caballo y devolvió la muchacha a su madre, diciendo que no era aquella la que buscaba, y que la otra hermana tenía que probarse el zapato. Subió ésta a su habitación y, aunque los dedos le entraron holgadamente, en cambio no había manera de meter el talón. Le dijo la madre, alargándole un cuchillo: “Córtate un pedazo del talón. Cuando seas reina no tendrás necesidad de andar a pie.” Cortóse la muchacha un trozo del talón, metió a la fuerza el pie en el zapato y, reprimiendo el dolor, se presentó al hijo del Rey. Montó éste en su caballo y se marchó con ella. Pero al pasar por delante del avellano, las dos palomitas posadas en una de sus ramas gritaron:

“Ruke di guk, ruke di guk;
sangre hay en el zapato.
El zapato no le va,
La novia verdadera en casa está.”


Miró el príncipe el pie de la muchacha y vio que la sangre manaba del zapato y había enrojecido la blanca media. Volvió grupas y llevó a su casa a la falsa novia. 
“Tampoco es ésta la verdadera,” dijo. 
“¿No tienen otra hija?”
- “No,” respondió el hombre. Sólo de mi esposa difunta queda una Cenicienta pringosa; pero es imposible que sea la novia.”
 Mandó el príncipe que la llamasen; pero la madrastra replicó: 
“¡Oh, no! ¡Va demasiado sucia! No me atrevo a presentarla.” Pero como el hijo del Rey insistiera, no hubo más remedio que llamar a Cenicienta. Lavóse ella primero las manos y la cara y, entrando en la habitación, saludó al príncipe con una reverencia, y él tendió el zapato de oro. Se sentó la muchacha en un escalón, se quitó el pesado zueco y se calzó la chinela: le venía como pintada. Y cuando, al levantarse, el príncipe le miró el rostro, reconoció en el acto a la hermosa doncella que había bailado con él, y exclamó:
 “¡Ésta sí que es mi verdadera novia!” La madrastra y sus dos hijas palidecieron de rabia; pero el príncipe ayudó a Cenicienta a montar a caballo y marchó con ella. Y al pasar por delante del avellano, gritaron las dos palomitas blancas:

“Ruke di guk, ruke di guk;
no tiene sangre el zapato.
Y pequeño no le está;
Es la novia verdadera con la que va.”


Y, dicho esto, bajaron volando las dos palomitas y se posaron una en cada hombro de Cenicienta.

Al llegar el día de la boda, se presentaron las traidoras hermanas, muy zalameras, deseosas de congraciarse con Cenicienta y participar de su dicha. Pero al encaminarse el cortejo a la iglesia, yendo la mayor a la derecha de la novia y la menor a su izquierda, las palomas, de sendos picotazos, les sacaron un ojo a cada una. Luego, al salir, yendo la mayor a la izquierda y la menor a la derecha, las mismas aves les sacaron el otro ojo. Y de este modo quedaron castigadas por su maldad, condenadas a la ceguera para todos los días de su vida.













Mayo. Mes del Libro. Día 16


La Cenicienta Versión de Charles Perrault

Érase una vez un gentil hombre que se casó en segundas nupcias con la mujer más altiva y orgullosa que se pudo ver jamás. Tenía dos hijas que eran idénticas a ella, al haber heredado todo su carácter. El marido, por su parte, tenía una hija joven, de una dulzura y bondad sin igual, pues se parecía en todo a su madre, que había sido la mejor persona del mundo.
Inmediatamente después de la boda, la madrastra dio rienda suelta a su mal carácter; no podía soportar las buenas cualidades de aquella niña, que hacían a sus hijas aún más odiosas. La obligó a hacer las tareas más viles de la casa: tenía que fregar los platos, limpiar las escaleras y toda la casa, arreglar todas las habitaciones, incluidas las de sus hijas. Dormía en un desván, en lo más alto de la casa, sobre un mal jergón, mientras que sus hermanas disponían de grandes habitaciones entarimadas, con camas a la última moda, y grandes espejos donde se podían ver de cuerpo entero.
La pobre chica lo sufría todo con mucha paciencia y no se atrevía nunca a quejarse a su padre, por temor a que le riñera, pues su mujer lo tenía completamente dominado.
Cuando la joven terminaba sus tareas, se iba a un rincón de la chimenea a sentarse sobre las cenizas, por lo que en la casa la llamaban generalmente Culoceniza. La hermana pequeña, que no era tan mala como la mayor, la llamaba Cenicienta ; aunque Cenicienta, con sus harapos, no dejaba de ser cien veces más hermosa que sus hermanas, a pesar de que ambas vestían con ropas muy lujosas.
Y sucedió que el hijo del Rey dio un baile, al que invitó a todas las personas de calidad, siendo invitadas también nuestras dos señoritas, ya que ellas pertenecían a una familia distinguida en el país. Helas aquí, pues, muy contentas y muy atareadas en elegir los vestidos y los peinados que les sentaran mejor. Esto ocasionó nuevos trabajos para Cenicienta, ya que era ella quien planchaba la ropa de sus hermanas y quien almidonaba los puños. Continuamente las oía hablar de la forma en que iban a arreglarse.
-Yo -decía la mayor- me pondré el vestido de terciopelo rojo y el aderezo de Inglaterra.
-Yo -decía la menor-, me pondré una sencilla falda, aunque también llevaré el mantón de flores de oro y el broche de diamantes, que no está muy visto.
Buscaron una buena peluquera que les hiciera los peinados de dos pisos, y encargaron en la sastrería lunares postizos; llamaron a Cenicienta para pedirle su opinión, ya que tenía muy buen gusto.
Cenicienta les aconsejó lo mejor que pudo, ofreciéndose incluso para retocarles el peinado, lo que aceptaron inmediatamente las hermanas, pues era lo que estaban deseando.
Mientras las peinaba, ellas le decían:
-Cenicienta, ¿te gustaría ir al baile?
-¡Ay, señoritas, ¿os estáis burlando?; eso no está hecho para mí.
-Tienes razón, la gente se reiría mucho viendo a una sucia Culoceniza acudir al baile.
Otra que no fuera Cenicienta las habría peinado al revés, pero ella, que era buena, las peinó estupendamente.
Las dos hermanas estuvieron casi dos días sin comer, pues querían lucir una figura estilizada. Sin embargo, aún rompieron más de doce cordones a fuerza de tirar de ellos para conseguir una talle más fino, y no dejaban un momento de mirarse en el espejo.
Al fin llegó el feliz día y las hermanas se marcharon. Cenicienta las siguió con la mirada todo el tiempo que pudo y, cuando las perdió de vista, se puso a llorar.
Su Madrina, que era un hada, la sorprendió hecha un mar de lágrimas y le preguntó qué le pasaba.
-¡Me gustaría mucho..., me gustaría mucho...!
Cenicienta lloraba tan fuerte que no pudo terminar. El hada le preguntó:
-Te gustaría mucho ir al baile, ¿verdad?
-¡Ay, sí! -dijo Cenicienta suspirando.
-Bueno, si te portas bien -dijo su Madrina-, yo haré que vayas.
La llevó a su habitación y le dijo:
-Ve al jardín y tráeme una calabaza.
Cenicienta fue enseguida a buscar la más hermosa que pudo encontrar, y se la llevó a su Madrina, no pudiendo adivinar cómo esa calabaza podría hacerla ir al baile.
Su madrina la vació dejando sólo la corteza, la tocó con su varita mágica y la calabaza se transformó en el acto en una hermosa carroza dorada.
Después miró en la ratonera, donde encontró seis ratones vivos aún, y le dijo a Cenicienta que levantara un poco la trampilla; a cada ratón que salía, le daba un golpecito con la varita y el roedor se transformaba en un hermoso caballo, así hasta que tuvo un precioso tiro de seis caballos, de un bello color de ratón gris claro.
Como estuviera preocupada por encontrar algo que le sirviera de cochero, dijo Cenicienta:
-Voy a ver si alguna rata ha caído en la ratonera, para convertirla en cochero.
-Tienes razón -dijo su Madrina-, mira si hay.
Cenicienta le llevó la ratonera, donde había tres ratas muy gordas. El hada eligió una, la que tenía las mejores barbas, y, tocándola con la varita, la convirtió en un gordo cochero, que lucía unos hermosos mostachos.
Después le dijo:
-Ve al jardín y allí encontrarás seis lagartos detrás de la regadera. Tráemelos.
En cuanto los hubo traído, el hada madrina los convirtió en seis lacayos, que subieron al instante a la trasera de la carroza con sus libreas llenas de galones, muy erguidos, como si no hubieran hecho otra cosa en su vida.
El hada dijo entonces a Cenicienta:
-Bueno, aquí tienes ya con qué ir al baile. ¿Estás contenta?
-Sí, pero, ¿cómo voy a ir con este viejo vestido?
Su Madrina no hizo más que tocar con la varita mágica las pobres ropas, y al momento se transformaron en vestidos de tisú de oro y plata, recamados de piedras preciosas; también le dio el hada un par de zapatos de cristal, los más bonitos del mundo.
Cuando Cenicienta estuvo de tal modo vestida, subió a la carroza; pero su madrina le recomendó ante todo que regresara antes de la medianoche, advirtiéndole que, si permanecía en el baile un minuto más, su carroza volvería a ser calabaza; sus caballos, ratones; sus lacayos, lagartos, y sus ropas viejas recobrarían su aspecto normal.
Prometió a su Madrina que haría todo tal como ella decía; y se fue llena de felicidad.
El hijo del Rey, a quien comunicaron que acababa de llegar una princesa que nadie conocía, fue a recibirla; le dio la mano cuando bajó de la carroza, y la condujo al gran salón donde estaban los invitados.
Se hizo entonces un repentino silencio; se paró el baile y los violines dejaron de tocar, de tan sorprendidos que estaban contemplando la gran belleza de aquella desconocida. Sólo se escuchaba un rumor confuso:
-¡Oh! ¡Qué hermosa es!
El propio Rey mismo, a pesar de ser muy viejo, no dejaba de mirarla y de decirle a la reina en voz baja, que hacía mucho tiempo que no veía a nadie con tanta gracia y belleza.
Todas las damas observaban con mucha atención su peinado y su vestido, para tener desde el día siguiente otros parecidos, siempre que pudieran encontrarse telas tan maravillosas y modistas tan expertas.
El hijo del Rey la colocó en un lugar de honor y en seguida la sacó a bailar. Ella danzó con tanta gracia que la admiraron aún más. Los criados trajeron manjares exquisitos para los invitados, pero el joven príncipe no probó bocado. ¡Tan embelesado estaba contemplando a la desconocida! Cenicienta se sentó al lado de sus hermanas, haciéndoles muchos cumplidos y compartiendo con ambas las naranjas y los limones con que el príncipe las había obsequiado, lo cual las sorprendió mucho, pues ellas no la conocían de nada.
Estaban charlando, cuando Cenicienta oyó que daban las doce menos cuarto; entonces hizo una gran reverencia a todos los presentes y se marchó a toda prisa.
En cuanto llegó a casa, fue a buscar a su Madrina y, luego de haberle dado las gracias, le dijo que desearía otra vez ir al baile al día siguiente, porque el hijo del rey se lo había pedido.
Cuando ella estaba ocupada contándole a su Madrina todo lo sucedido en el baile, las hermanas llamaron a la puerta y Cenicienta fue a abrirles:
-¡Cuánto habéis tardado en volver!- les dijo mientras se frotaba los ojos y se desperezaba como si acabara de despertarse; aunque, por supuesto, ella no tenía nada de sueño
-Si hubieses venido al baile -le dijo una de sus hermanas-, no te habrías aburrido, pues ha asistido una hermosa princesa, la más hermosa que nadie haya visto jamás, y ha sido muy amable y atenta con nosotras, obsequiándonos con naranjas y limones.
Cenicienta estaba muy feliz y les preguntó el nombre de la princesa, pero le respondieron que nadie la conocía, ni siquiera el hijo del Rey, y que éste daría cualquier cosa por saber quién era.
Cenicienta, sonriendo, les preguntó:
-¿Tan hermosa era? ¡Dios mío, pues sí que tenéis suerte! ¿No podría verla yo? ¡Ay, señorita Javotte, ¿no podrías prestarme tu vestido amarillo, ese que te pones a diario?
-¡Pues sí -dijo la señorita Javotte -, precisamente en eso estaba yo pensando! ¡Estaría loca si prestara mi vestido a una sucia Culoceniza como tú!
Cenicienta esperaba esta negativa y se alegró de ello, porque se hubiera encontrado en un gran dilema si su hermana le hubiera querido prestar el vestido.
Al día siguiente las dos hermanas fueron al baile y Cenicienta también, aunque todavía mejor ataviada que la primera vez.
El hijo del Rey estuvo con ella toda la noche y no paró de decirle cosas bonitas; hasta tal punto la distrajo, que olvidó lo que su madrina le había recomendado, de manera que oyó sonar la primera campanada de medianoche, cuando creía que no eran aún ni las once. Cenicienta huyó entonces, con la ligereza de una gacela.
El Príncipe la siguió, mas no pudo alcanzarla, y ella, en la precipitación de la huida, dejó caer uno de sus zapatos de cristal, que el príncipe se apresuró a recoger con mucho cuidado.
Cenicienta llegó a su casa muy sofocada, sin carroza, sin lacayos, y con sus feos vestidos; no le quedaba de tanto esplendor más que el otro zapato de cristal, la pareja del que había dejado caer.
Preguntaron a los guardias de la puerta del palacio si habían visto salir a una princesa, y contestaron que sólo habían visto salir a una muchacha muy mal vestida, que tenía más el aspecto de una campesina que de una señorita.
Cuando sus dos hermanastras regresaron del baile, Cenicienta les preguntó si también esa noche se habían divertido y si la bella dama había de nuevo aparecido.
Ellas le dijeron que sí, pero que había huido cuando llegó la medianoche, y que había perdido en su precipitación uno de sus zapatitos de cristal, el más bonito del mundo; que el hijo del Rey lo había recogido, y que no había hecho otra cosa, en todo el resto del baile, sino mirarlo permanentemente, y que, con total seguridad, estaba muy enamorado de la hermosa joven a quien pertenecía ese zapatito.
Las hermanas decían la verdad, ya que pocos días después, el hijo del rey mandó publicar a toque de corneta que se casaría con aquella joven a quien le viniese bien el zapatito de cristal.
Y comenzó a probárselo a las princesas, siguiendo las duquesas, y a todas las damas de la corte, pero todo fue en vano.
Por fin, la prueba llegó a la casa de las hermanas, que hicieron todo lo posible para que su pie entrara en el zapatito, pero no lo consiguieron.
Cenicienta, que las miraba y que reconoció su zapato, dijo riéndose:
-¡Puedo intentarlo yo!
Sus hermanas se echaron a reír y empezaron a burlarse de ella. El gentilhombre que efectuaba la prueba del zapato, habiendo contemplado atentamente a Cenicienta, y encontrándola muy hermosa, dijo que era justo, y que él tenía orden de probárselo a todas las jóvenes. Hizo sentar, entonces, a Cenicienta y, acercando el zapato a su piececito, vio que entraba sin esfuerzo y que le caía como un guante.
La sorpresa de las hermanastras fue grande, pero más grande aún fue cuando Cenicienta sacó de su bolsillo el otro zapatito, que se puso en el otro pie. En ese preciso instante hizo su aparición el hada Madrina, quien, golpeando con la varita mágica los vestidos de Cenicienta, los convirtió en unos vestidos mucho más deslumbradores que todos los anteriores.
Entonces las dos hermanas la reconocieron como la hermosa dama que habían visto en el baile y se arrojaron a sus pies para pedirle perdón por todos los malos tratos que le habían hecho sufrir.
Cenicienta las levantó y les dijo, abrazándolas, que las perdonaba de todo corazón y que les rogaba que, en adelante, fueran buenas amigas.
Cenicienta, ataviada como estaba, fue conducida ante el joven Príncipe, que la encontró más hermosa que nunca; y unos días después se casó con ella.
Cenicienta, que era tan buena como hermosa, había hecho que sus hermanas se alojaran en el palacio, y el mismo día las casó con dos grandes señores de la corte.

Moraleja
En la mujer rico tesoro es la belleza, 
el placer de admirarla no se acaba jamás; 
pero la bondad, la gentileza
la superan y valen mucho más.

Es lo que a Cenicienta el hada concedió 
a través de enseñanzas y lecciones

tanto que al final a ser reina llegó 
(Según dice este cuento con sus moralizaciones).

Bellas, ya lo sabéis: más que andar bien peinadas
os vale, en el afán de ganar corazones 
que como virtudes os concedan las hadas 
bondad y gentileza, los más preciados dones.



martes, 15 de mayo de 2012

Mayo. Mes del Libro. Día 15







Helen Velando (uruguaya)  Imagen tomada de aquí.




Ignacio Martínez (uruguayo) Imagen tomada en la Escuela 79 de Masoller en 2011





Magdalena Helguera (uruguaya) Imagen tomada de aquí.





Sergio López (uruguayo) Imagen tomada de aquí.




Roy Berocay (uruguayo)  Imagen tomada de aquí.

Mayo. Mes del Libro. Día 15

Para conocerlos:


 Luis María Pescetti (argentino)




Malí Guzmán (uruguaya)



Susana Olaondo  (uruguaya) 




Ana María Machado (brasileña) 






Federico Ivanier (uruguayo) 






Gabriela Armand Ugón (uruguaya)




Ziraldo (brasileño)




Sucede que la idea que tienen los chicos, muchas veces, es que las personas que escribieron esos cuentos que leen o que alguien les lee están todos muertos. Aquí les muestro algunas caras para que vean que están "vivitos y coleando". Estas fotos las tomé de aquí. Después les presento a más escritores.Y para saber más sobre ellos, nada más que usar la XO.

lunes, 14 de mayo de 2012

Mayo. Mes del Libro. Día 14

Este pensamiento de Francesco Tonucci lo publiqué el año pasado pero lo reitero ahora.


"No importa lo joven que sea el niño o lo complicado que sea el libro; la mediación del adulto lo convierte en algo fácil y fascinante (...) La atención que presta un niño a un adulto que lee para él tiene una intensidad y una intimidad tales que debería bastar para convencer a los adultos, en especial a los padres y a los profesores, de que dediquen tiempo a esa actividad, lamentablemente cada vez menos frecuente, tanto en las casa como en las escuelas. El problema real es que ya no queda nadie que tenga ganas y tiempo que dedicar a los niños. Para eso están los abuelos"


Abuelos: a ponerse las pilas para leerles a los nietos!

Nietos: Hay que pedirle a los abuelos que nos lean o que nos cuenten cosas de su niñez. A ellos les encanta y cuando se mueran ya no se podrán recuperar esa experiencias tan ricas a menos que uds. las conozcan. Y será tarde cuando piensen -¿por qué no se lo pregunté al abuelo/a?

Mayo. Mes del libro. Día 14

Las lecturas de Juan Manuel










Dice un escritor mexicano que no solamente se lee en los libros, sino que también se puede leer en las nubes y en los ojos de la gente. Juan Manuel está haciendo el viaje con su grupo de arquitectura y me ha resultado un excelente lector de los lugares por donde pasa. Lectura crítica. Lee el bullicio de las ciudades y el silencio de la naturaleza. Y un narrador brillante que va registrando sus experiencias, algunas muy reideras, en su bitácora de viaje.Yo no pude resistir compartir con uds. estas fotos

domingo, 13 de mayo de 2012

Mayo. Mes del libro. Día 13


Escritores y lectores

En el universo de la lectura tenemos de un lado los que escriben, y del otro, los que leen, que no están enfrentados sino complementados porque si bien no todo lector es un escritor deducimos que todo escritor ha sido y es un lector. Al decir de Elena Pesce “a todos los que escribimos nos pasa lo mismo: uno empieza en la escuela con el gusto por la escritura. Como me encantaba leer y no podía comprar continuamente los libros que me gustaba, los inventaba”[1]

Esta misma idea la comparte la uruguaya Magdalena Helguera cuando dice “a veces no encontraba el cuento que quería y entonces, si lo necesitaba con urgencia… ¿qué más remedio? Lo inventaba.”[2]

No es fácil, para los que no somos escritores entender cómo se produce ese entramado de palabras que llegan hasta nosotros y nos fascinan. Seguramente, lo que sí entendemos es que es un encuentro de talento innato y mucha disciplina. En el año 1999, la Revista ABACO, solicitó a 26 escritores que respondieran a la pregunta ¿Porqué escribo?

Es curioso que algunas respuestas coinciden: Mempo Giardinelli, explica que el escribir sirve para huir de la muerte, y Stefania Mosca, venezolana, sostiene “¿por qué escribo? Por afán de eternidad”[3]. El cubano Hugo Luis Sanchez, dice“Soy un lector, escribo para leer. Si encontrara a alguien –de seguro debe existir-que me contara la historia que yo quiero leer y respondiera de paso a las preguntas que me hago, no hubiera escrito ni una línea.”[4] Y para no hacer larga esta lista cierro con la respuesta de la chilena Marcela Serrano “Escribo antes que nada para robarle a la vida otras vidas”[5]

Entre el crear de quien escribe y el recrear de quien lee hay un universo que espera ser descubierto y que encierra secretos, que sólo serán develados a quien se atreva escudriñar el corazón de las palabras.

Roy Berocay dice “ los escritores no vamos a arreglar el mundo, es cierto. Ningún libro va solucionar la vida de un niño. Pero un niño que comienza a leer, y comienza a darse cuenta de que leer es algo bueno, sin duda tendrá más posibilidades que uno que no lo hace”[6]

Los que ya tenemos el hábito, el vicio y la necesidad constante de la lectura lo hacemos por distintos motivos, que casi nunca sabemos explicar, por placer, para imaginar, para informarnos, para soñar, para encontrar las distintas palabras que tienen que ver con la vida misma, para dialogar con otros mundos o con nuestras memorias como dijo Quevedo: “escucho con mis ojos a los muertos”

Seguramente, el niño que comienza a leer habrá escuchado antes palabras de la boca de sus padres, tíos, abuelos, que despertaron su imaginación y cuando comienza a descifrar la escritura se da cuenta que él puede, ahora, por sus propios medios buscar, explorar, encontrar aquellas lecturas que le permiten conocer otros mundos, pero que en definitiva de alguna manera estarán relacionados con el suyo, como bien dice Luis Milanesi “si se acciona la fantasía es necesario que no se mantenga reprimida. Después de una lectura o de haber escuchado un cuento de hadas, la arcilla será más atractiva. El niño modelará su propia fantasía, abriendo espacio para recibir otras”[7]

Es evidente, que las primeras lecturas se hacen por placer, por el más puro placer, porque somos seres sensuales. El bebé aprende a mamar por placer y todas sus primeras experiencias tienen que ver con el placer, el calor de mamá, la voz de mamá, las caricias, el baño, etc., entonces el gusto por la lectura no está ajeno a ese placer. Vendrán después momentos para que la razón seleccione, cuestione, acepte o rechace determinado autor, género, ilustración, pero antes tiene que haber sido ganado por el placer y haberse hecho lector porque sin duda no nació lector. La lectura no apartará de la vida del niño, el juego con los amigos, la tarde en la plaza, el juego electrónico, la televisión. Son maneras distintas de disfrutar y formarse.


Enric Cassany defiende varias razones por las cuales considera la importancia de la lectura, entre ellas:
· sirve para confrontar la experiencia del individuo con la de los demás.
· facilita la adquisición de más experiencia para más libertad.
· facilita compartir la memoria colectiva lo que le confiere al individuo una identidad.
· facilita el diálogo con el texto.
· permite la adquisición de la lengua que es el instrumento más poderoso para dominar el mundo

En resumen, podemos decir que la lectura le sirve al niño para entender que el mundo no termina en el límite de su realidad sino que hay otros mundos posibles que podrán ser descubiertos y conquistados tomando decisiones en libertad porque cuantos mas caminos conozco, más opciones tengo para elegir y si tengo las herramientas proporcionadas por las palabras tendré la opción de construir mi propio camino. Como dice Ana Barrios “cada cuento es una puerta que se abre, un camino a lo desconocido de uno mismo y por ende hacia el todo”[8]


[1] Pesce, Elena (1999). Ocho miradas uruguayas a la Literatura infantil. ¿Te Cuento? N°1, p.14-19
[2] Helguera, Magdalena (1999). Literatura Infantil: ¿cenicienta de la educación? ¿Te Cuento? N°1, p.8-11
[3] Mosca, Stefania (1999). ¿Por qué escribo? ABACO, N°20, p.44-47
[4] Sánchez, Hugo Luis (1999) . ¿Por qué escribo? ABACO, N°20, p.62-63
[5] Serrano, Marcela (1999) . ¿Por qué escribo? ABACO, N°20, p.70-71
[6] Berocay, Roy (1999). Otra Navidad en las trincheras. ¿Te Cuento? N°1, p.12-13.
[7] Milanesi, Luis (1986) Ordenar para desordenar.
[8] Barrios, Ana (1995) Francisca y el corazón de las ideas.

Mayo. Mes del Libro. Día 12


El día 12 era ayer pero fue difícil cumplir. Me pongo al día hoy.


Lo que hoy es nuestra Biblioteca Nacional tuvo origen en el testamento del Presbítero Dr. José Manuel Pérez Castellanos, con fecha de 6 de enero de 1814. Disponía del legado de sus libros para la fundación de un establecimiento público. A estos libros se sumaron los de José Raimundo Guerra, con los de los padres franciscanos y los de Dámaso Antonio Larrañaga, de manera que, el 26 de mayo de 1816,cuando se produce la inauguración oficial, nuestra biblioteca contaba con unos cinco mil volúmenes. La idea de fundar una Biblioteca Pública había surgido del mencionado Larrañaga y expuesta al Cabildo el 4 de agosto de 1815. José Gervacio Artigas, que ese entonces se encontraba en su campamento de Purificación, aprobó la idea y ordenó al Cabildo la creación de la Biblioteca."Yo jamás dejaría de poner el sello de mi aprobación a cualquier obra que en su objeto llevase insculpido el título de la pública felicidad"

Madres!!!!






Imágenes tomadas de la web


Días llenos de luz para todas!!!

viernes, 11 de mayo de 2012

Miguel Ángel Olivera Prietto


Atención!  Dioses pobres, la muestra del artista tacuaremboense Miguel Ángel Olivera Prietto estará en la Sala Cultural de Antel,en Rivera, a partir del 6 de Junio a las 19 hs.

Mayo. Mes del Libro. Día 11



"Sin las palabras, sin la escritura y sin los libros no habría historia, no podría haber concepto de humanidad." (Hermann Hesse). Citado por Maryanne Wolf en Cómo aprendemos a leer: Historia y ciencia del cerebro y la lectura.

Pitufando

Entre tantos libros, hoy apareció un Pitufo Tontín. Debe andar buscando un libro, por influencia del Pitufo Lector.

jueves, 10 de mayo de 2012

Mayo. Mes del libro. Día 10


Ya van diez días!! Este es otro artículo ya publicado en el blog. Pero como sé que son algo "haraganitus" se los traigo hasta acá.


El buen lector

 

En http://webblogs.madrimasd-org/ encontré estas consideraciones sobre el buen lector, hechas, según consta, en la Feria de Guadalajara, por Antonio Muñoz Molina, el 28 de noviembre de 2007

1 Es el que empieza a serlo antes de comenzar a leer, con las historias que le cuenta papá o mamá, las que le despiertan la imaginación y la curiosidad por querer saber. Por eso, el buen lector es aquél al que le cuentan historias desde pequeño.

2 El buen lector empieza a leer muy pronto, por eso en las escuelas no tienen que coartarle a un niño la necesidad de aprender a leer cuando él mismo lo decida y no cuando lo marquen los programas de estudio: “Si el niño tarda mucho en aprender a leer, pierde mucho tiempo”.

3 El buen lector no sólo ama los libros, también disfruta de la música, el cine y hasta la televisión: “La televisión no es enemiga [...] ni el cine, ni el videojuego son enemigos de la lectura, lo que es enemigo de la lectura es la ignorancia”.

4 “El buen lector no sólo ama la literatura y la literatura de ficción, también ama los libros de historia, ama los libros de explicación de naturaleza, de ciencias naturales, el buen lector también ama los mapamundis”, cualquier tema es bueno para leer, porque siempre hay algo nuevo que aprender, incluso en el periódico.

5 El buen lector es aquél que aprende a disfrutar la soledad, porque la lectura requiere un acto en solitario, aunque en esta época es un poco más difícil que en otras, por la comunicación instantánea.

6 El buen lector aprende a disfrutar de la más rica y variada compañía, porque al leer puede encontrar similitudes de las historias impresas con su propia vida. “Te enseña que los seres humanos somos muy parecidos y también muy diferentes";

7 El buen lector disfruta compartiendo sus lecturas, recomendando lo que ha leído para que otros lo conozcan y lo disfruten.

8 Un buen lector es un militante de las librerías independientes, alejadas del ritmo vertiginoso de la mercadotecnia, “donde puede uno comprar el libro que salió hace tiempo y que ha tenido tiempo de que alguien lo descubra en una librería”.

9 El buen lector puede surgir en cualquier parte, pero también hace falta una transformación social, porque la lectura implica cierto grado de justicia social: “La única manera de que haya lectores es un sistema social que permita a la gente aprender a leer y escribir”.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Otoño

El árbol de mi quintita

Siempre que veo las hojas de los árboles cambiando de color y caídas en las veredas me acuerdo de Beba. Beba  es sobrina segunda de mi esposo. Cuando mis hijos eran chicos vivíamos en una localidad llamada paso del Cerro. Quinientos habitantes, sin agua de OSE y sin luz eléctrica. Mucha gente buena y bastante espacio como para que los niños tuvieran una niñez llena de juegos con amigos y espacios abiertos. Apenas terminaban las clases Beba llegaba en el tren desde Tacuarembó y se marchaba una semana antes de comenzar el siguiente año lectivo. Era como tener una hija más en verano. En su primer visita le pregunté:
-Aprendiste alguna poesía en la escuela?
-Sí.
-¿Me la decís?
Beba se paró derechita y recitó:


Al árbol de mi quintita,
un cambio le noté hoy,
sus hojas ya no son verdes,
otoño se las cambió.
El pillo las ha pintado, 
de rojo y de marrón,
algunas de amarillo,
a todas las transformó!

-Qué linda! ¿Y canción? ¿Sabés alguna canción?
-Sí
-Me la cantás?
Beba se volvió a parar y sin demora agregó la música y cantó:


Al árbol de mi quintita,
un cambio le noté hoy,
sus hojas ya no son verdes,
otoño se las cambió.
El pillo las ha pintado, 
de rojo y de marrón,
algunas de amarillo,
a todas las transformó!

Se terminaron los interrogatorios.


Mayo. Mes del Libro. Día 9

Maurice Sendak

Ayer falleció Maurice Sendak. Había nacido el 10 de junio de 1928 en Brooklyn, Nueva York. Uno de los mayores ilustradores de libros para niños. El autor de Donde viven los monstruos dijo: "El libro ilustrado es mi campo de batalla. Es donde yo me expreso. Es donde yo consolido mis poderes y los uno en lo que, espero, es una forma legítima y viable, significativa para otros y no solo para mí.
Es donde trabajo. Es donde vuelco esas fantasías que han estado conmigo toda mi vida y donde les doy una FORMA que significa algo. Yo vivo dentro del libro ilustrado: es ahí donde libro mis batallas y donde espero ganar mis guerras." (1)

(1) Citado por Marcela Carranza en artículo publicado en Imaginaria. Lo puedes leer aquí









martes, 8 de mayo de 2012

Mayo. Mes del libro. Día 8


El viejo antepasado del libro actual

Así como indagamos sobre nuestros abuelos, bisabuelos y tatarabuelos, es importante dedicarle un espacio al tatatatarabuelo de nuestro libro actual. Sabemos que era una tablilla de arcilla con escritura cuneiforme. Le llamamos ladrillo de arcilla pero no siempre tuvo esa forma. A veces presentaban la forma de cilindros o prismas. Eso en cuanto a su apariencia física. Hipólito Escolar Sobrino señala las siguientes cualidades del libro inventado por los sumerios:

Brevedad y escasa circulación de las obras: Traídas a nuestra escritura actual, la mayoría de las obras ocuparía una hoja.
Las tabletas se guardaban ordenados y clasificados en las bibliotecas anexas a los templos (en los lugares más altos, a salvo de las inundaciones y protegidas incluso por maldiciones) o en los palacios de los poderosos. Muy pocos sabían leer y los escribas detentaban el poder  La función de la biblioteca era preservar.

Anonimia. No se conocen nombres de autores. Lo que se conocen son nombres de escribas

Falta de géneros más conocidos y en boga en la actualidad. No existen, en las tablillas, la poesía lírica profana, la dramática y la novela.

Posición ancilar-secundaria- del libro escrito. La literatura se transmitía en forma oral a los alumnos y de una generación a otra. Aproximadamente un milenio después de la aparición de la escritura se comienza a hacer la transcripción de la literatura religiosa, seguramente porque no sintieron que era necesario hacerlo ya que se conservaba en la memoria de las personas que sabían leer y por muchas que seguramente no sabían. La escritura fue útil para los actos administrativos e históricos, para las normas legales, para la correspondencia, para la formación de tablas matemáticas auxiliares y léxicos.

Primacía de los valores sociales sobre los literarios. La función del libro en manos de loa escribas fue la de mantener los logros conseguidos. Los escribas se convirtieron, así, en un grupo social de gran influencia. El nivel de de vida alcanzado por los pueblos mesopotámicos era superior a los de sus vecinos lo que seguramente llevó a pensar a los escribas que sus instituciones y sus creencias eran superiores y más ciertas. El libro fue un medio valioso para garantizar el mantenimiento de esa sociedad. Tuvo un fin práctico.