




Llegó a casa en Noviembre del 2009, a la hora de la siesta. Lo trajo mi hijo en una caja cúbica diciéndome: -La sociedad médica hizo un sorteo entre todas las mujeres que se hicieron la mamografía este año y te ganaste el premio.
Semi dormida tomé la caja y comencé a examinarla hasta que noté que el contenido se movía. La abrí y allí estaba: peludito, gris, a rayas, como el más común de los gatos. Pero era único. Si se puede decir de un gato que es dulce, este lo fue. Maullaba suavemente, apenas para hacerse oir y si lo tomaban en brazos inmediatamente cerraba los ojos y a ronronear. Explorador audaz, aventurero, desde pequeño. Muchas veces tuve que usar la escalera o pedir ayuda a un vecino porque se trepaba a techos y árboles y no se animaba a bajar. Cuando Jaén entraba maullando desesperado yo sabía que Cosita Linda estaba en apuros, en un lugar del cual no podía descender sin ayuda. Inició a éste, que era menor, en la experiencia de subirse al techo, a la enredadera formada por el rosal, al naranjo. Su otra actividad preferida era dormir, si no tenía una falda a mano, en mi cama y en invierno bien tapado con una manta hecha especialmente para él.
Nos dejó ayer, se fue en busca de otras aventuras. Jaén se ha quedado sin su compañero de juegos y nosotros sin su mirada dulce y su toque suave.
San Francisco, hazle un lugarcito. No necesita mucho. Una caricia, su carne picada, agua fresquita y de vez en cuando algún bizcocho porque le encantaban.















































