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martes, 3 de junio de 2008

Débora y el cocodrilo

Para Lupe, "abuela, inventá un cuento", para Mateo "haceme un cuento de boca,abuela" ahí va:


Débora es una cuentera que anda por ahí contándole cuentos a niños y a no tan niños. Le gustan los títeres y los bichos de trapo que usa para ayudarse en sus historias. Por suerte, Débora tiene una mamá genial, inteligente, creativa, habilidosa con las manos, que le hace los títeres y bichitos, además de otras mil cosas. Pero ese día, Débora estaba apurada y no tenía tiempo de pedirle a la mamá un pato para su cuento del patito feo que quería contar a la mañana siguiente en una escuela. Así que decidió hacerlo ella misma. Consiguió un retazo de tela amarilla peludita, ¿han visto un patito en sus primeros días de vida? Tienen un plumón suave, muy suave.
Con retazo, tijera, hilo, aguja y una pelotita blanca de telgopor cortada al medio para hacerle los ojos, se puso a trabajar mientras cantaba “Todos los patitos se fueron a bañar…” Cuando terminó, Débora tenía un bicho amarillo que en nada se parecía a un pato. En lugar de pico tenía una especie de hocico largo como de cocodrilo. Bastante desilusionada pensó si existiría el cuento del cocodrilito feo pero como no es de ahogarse en un vaso de agua y salió a la mamá (genial, inteligente, creativa) buscó en su bolsa cuentera y como encontró un gato, un zapato y un chancho decidió que el Gato con botas, o la Cenicienta, o los tres chanchitos serían buenos cuentos. Como ya era tarde resolvió acostarse mientras imaginaba qué utilidad podría darle al extraño títere y sonriendo le susurró “si existieran las hadas como en los cuentos que hago, seguramente podrías transformarte en un pato de verdad” Al mirarlo y tocarlo , se dijo que le vendría muy bien para calentar un pie, así que se lo enfundó en su pie izquierdo (Débora es zurda, por eso su pie izquierdo es su pie preferido) Mientras apagaba la luz pensó: “ Mañana haré otro bicho para el otro pizzzzzzzzzzzz”
Despertó a la mañana siguiente sintiendo delicadas mordidas de dientes afilados en su dedo gordo del pie derecho “Que gato travieso” y se sentó de golpe porque ella no tenía gato. Levantó frazadas y sábana y allí estaba: un cocodrilo amarillo y peludito, que no medía más de cuarenta centímetros, de ojos blancos y saltones con un puntito negro en el medio. Su boca parecía que sonreía y mostraba minúsculos dientes. Apenas la vio, el cocodrilo se hizo un ovillo. Era una imagen tan tierna que Débora le acarició la cabeza y le hizo cosquillas. El cocodrilo giró para ofrecer mejor su panza a las cosquillas mientras emitía una especie de ronroneo bajito: cuacuacuacuá.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Claro,
Con "yo" como fuente de inspiracion cualquiera escribe, si se podran escribir cuentos sobre mi ...
Deb.